De viaje

Por Dianeth Pérez Arreola

Tengo la idea de que cuando viajamos somos otras personas. Estamos de mejor humor, somos más pacientes y los contratiempos son anécdotas que contaremos después con una sonrisa en la cara.

Paseando con calma por el boulevard principal de la playa de las Américas, en Tenerife, hay solo gente feliz, y pienso en las habituales caras largas y pasos rápidos de la gente fuera de la temporada de vacaciones.

En México caben 24 países europeos, así que viviendo en Países Bajos hay infinidad de ciudades para elegir cada verano, y he ido conociendo nuevos destinos en los 14 años que tengo en este lado del mundo.

En cada lugar que visito me pregunto si será la única vez o si regresaré algún día, y también sobre el verdadero carácter de la ciudad o lo que es lo mismo: qué problemas hay detrás de la felicidad de los turistas.

Y en esa misma línea, ¿en qué medida podemos decir que conocemos tal o cual lugar? Después de todo vamos conscientes de la superficialidad de nuestra visita, donde solo queremos ver la cara buena y nos chocan un poco los vagabundos, la suciedad o el mal servicio de una ciudad cuando a veces estamos ciegos para ver los defectos de la nuestra.

Las vacaciones son entonces una especie de mundo paralelo, a donde va una versión más feliz y relajada de nosotros mismos, buscando escapar de las malas noticias y los defectos del mundo y la humanidad.

En este caso no fue posible, al tener una semana llena de tragedias con accidente ferroviario en Italia, atentado en Niza y un intento de golpe de estado en Turquía. Ya me tocó también estando de vacaciones la matanza en la isla de Utoya y el derribo del vuelo MH17. A veces pienso que no debería salir.

Turquía está muy barato por los frecuentes incidentes terroristas que ha sufrido: Vuelo redondo desde Ámsterdam con hotel todo incluido en la costa turca por 300 euros. Por un momento pensé que sería una buena opción y al saber de la revuelta he extrañado mis tiempos de reportera y me ha decepcionado un poco no haber estado ahí, aunque ya con hijas me alegra haber elegido occidente. Ya llegará mi cita con Estambul.

Al acabar la semana no podía faltar el caos habitual en los aeropuertos españoles, y una falla en el sistema de cómputo, nos dejó a medio pasaje esperando 40 minutos a que se reestableciera. Nadie protesta, todos esperamos pacientemente.

Un señor que debe pasar los setenta años espera sentado y con una expresión como la de un niño que ha hecho una travesura. Contrasta con su edad la camiseta negra que usa con las grandes iniciales que también son el logo de Dolce & Gabbana. Pronto descubro el porqué de la cara de pillo: debajo de las letras D&G dice “Dura y Gorda”. Vivan las vacaciones y nuestro otro yo, más feliz.