¿De verdad quieres una revolución?

Por Daniel Salinas Basave

 

Nunca como en este otoño había escuchado hablar tanto de la inminencia de una nueva revolución en México. Esa gota derramadora de un millón de vasos que ha sido Ayotzinapa, aderezada con la grosera mansión blanca del presidente de la República y la evidencia de sus contratos corruptos, han arrastrado la temperatura social a un nivel de encono que no habíamos visto en el México contemporáneo. Es como si de pronto se revelara con desparpajo y sin tapujos la total podredumbre del sistema, lo incurable de su cáncer. Ya ni siquiera procede una quimioterapia radical o la amputación de un miembro. El sistema político entero es un cuerpo engusanado y su permanencia solo puede lograrse a través de una vida artificial basada en la fuerza. 

Más allá de los guerrilleros de hashtag y los caudillos de Facebook, lo cierto es que la calle nunca miente: el hartazgo y la furia son imposibles de maquillar. A estas alturas no queda ni el consuelo de un posible voto de castigo en 2015, pues la podredumbre no es exclusiva de un partido o de un gobierno. Es todo el aparato político lo que languidece en terapia intensiva.

Lo que en este momento  cabría preguntarse es: ¿de verdad nos conviene una revolución armada? ¿Se acabarán nuestros males si el actual gobierno es derrocado o si el presidente de la República es forzado a renunciar? De la historia hay que aprender.

En el Siglo XIX,  las revueltas, asonadas y cuartelazos fueron moneda corriente en México. De 1829 a 1858 hubo más de 30 relevos presidenciales, casi todos precedidos de una revolución con  bandera liberal o conservadora, centralista o federalista que por regla general no llevaba más que a otro derrumbe.

Hasta la restauración de la República en 1867, México no conoció un año de paz. Si analizamos con frialdad esa carnicería con un saldo de un millón de muertos que erróneamente festejamos este 20 de noviembre, podremos concluir que las revoluciones no han servido de mucho en este país. Hay revoluciones espontáneas  nacidas directamente del hartazgo social.

La primera etapa de la Revolución Francesa en 1789  (antes de la irrupción de Robespierre y los jacobinos) y la primera Revolución Rusa de febrero de 1917  (antes de la irrupción de Lenin y los bolcheviques) fueron alzamientos populares nacidos del hambre, sin un liderazgo político definido. 

Sin embargo, la regla casi inquebrantable es que toda revolución se prostituye y acaba degenerando en un régimen más despótico que el recién derrocado. ¿Quién tiene en este país la capacidad económica y militar para impulsar un movimiento armado que derroque al actual gobierno? ¿Quién ocuparía el lugar de los poderes depuestos?  Sería casi imposible en el México actual sustraer a un movimiento armado de un control criminal. ¿Significa entonces que debemos bajar la cabeza y soportar a un gobierno frívolo y corrupto? No, por supuesto que no, sin embargo no creo que lleguemos muy lejos con encapuchados quemando negocios de la clase media.

Hace falta una revolución de la conciencia, de la actitud ciudadana y en ese sentido creo que en este otoño estamos cruzando un umbral. Hace falta impulsar más medidas de resistencia pacífica, apostar por herramientas legales como lo fue el amparo colectivo contra el IVA en la frontera, que los liderazgos empresariales y ciudadanos y los gobiernos locales se atrevan a confrontar y a decirle no al Gobierno federal. Hostilizar y resistir desde la paz y la legalidad. ¿Será posible?

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