De una hebra

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Embriagados de realidad quieren volver a inflar la burbuja, entrar en ella y proclamarse humanidad. Nos movemos como hormigas que han perdido la ruta, unas no se han dado cuenta, otras buscan el camino, otras paralizadas esperan ser rescatadas y otras no alcanzan este enunciado. Todo mundo opina, confirma, con tal firmeza, como si conocieran de razón, de raíz, de ellos mismos.

Es sencillo ser todos y yo con ellos me cuelo como un par de aretes tratando de adornar algo y escucharlo todo; opinión propia no tengo, al menos no de los temas de moda por catalogarnos de alguna forma. Debo de admitir que la realidad me ha rebasado y no sé en dónde encontrarla, lo que es seguro es que no es en los buscadores; la verdad duerme entre libros empolvados y las advertencias de grandes mentes, que no citaban, decretaban el futuro.

Hoy leemos, lo que quieren que leamos, somos como una caja de laboratorio en donde jugamos a tomar decisiones, cuando únicamente hay tres vías, tres caminos y actuamos a los sorprendidos con los resultados, pretendemos no saber si será niño o niña, ¡pues no hay de otra! La ruta del pasado nos ha llevado a este punto de modernidad en donde caemos como moscas, donde nos envenenan de a poco como una escena triste de “Flores en el ático” y los padres de familia “buscan lo mejor para sus hijos”. Ahora que los ven cara a cara, que les dedican el tiempo que antes también tenía, pero se excusaban en compromisos; ¿quisiera saber qué futuro se les antoja para ellos, en qué sistema piensan sumergirlos?, o es de simplemente deslizarlos en el resbaladero de oportunidades, el que desemboca en la esclavitud moderna y esas es la curva que nunca se aplana y de la cual nunca nadie dice nada.

Nos venden la vida y uno la compra, me incluyo, tengo los talones de los cheques. Nos han enseñado a vivir tan a medias, tan superficialmente, sin luchar, sin averiguar mucho y que tristeza y que alivio para el que no pretende nada. A cualquiera edad se comienza, en cualquier etapa uno puede dar el salto, darse una nueva vida, librarse de las enredaderas de los prejuicios, de las habladurías, del mundo de las banquetas y sonreír cuando a uno le dé la gana y también llorar con la misma aceptación. El “ser” es lo que cuestiono, en eso me enfoco, en el ser pleno; ese que es sin necesidad más que de sí mismo. Tengo el presentimiento que adentrándome se despeja el cielo, comprendido que hay detrás de mí “yo” comprendo qué hay y quién está en la vida. Una pieza a la vez y la verdad se deslizará sola.

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