De siete azahares

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Yo buscando inspiración en lo cotidiano, es que llevo una vida de rutina en estos días o bien, también podría decirse que una rutina me lleva, supongo que con dirección alguna. Es que últimamente me encuentro cansada y eso es cuando me encuentro; el cansancio no me permite nadar a contracorriente, me encuentro aceptando hasta alimentos que siquiera la textura me agrada, menos el sabor, pero debo de comer, cómo debo tantas cosas. Parece que la relevancia de las cosas ha desaparecido o quizá yo le he quitado ese toque de encanto a tanto, por falta de espacio en mi cabeza, por carencia de atención que pongo en ellas, por preocupaciones más importantes y por prioridades más profundas.

Estoy en mi versión de ahorro de energía, no la gasto cuando no debo, la cuido; no caigo en conversaciones cortas, las cual pienso carentes de verdad y drenantes, acompañadas de protocolos absurdos, preguntas sin significado, vocablos que se olvidan en segundos. Por eso salgo en horas que pocos suelen estar fuera, entre menos testigos de mis eventualidades efímeras, mejor; mis testigos falsos, para mí falsa importancia. Es que el cuerpo es mi vehículo y lleva tiempo fallándome, no lo puedo cambiar por uno nuevo, ¡obviamente! pero sí me esmeró en repararlo recientemente; ya que el tiempo y mis malos hábitos no ayudan, pero admito saber que no lo harían.

No me encuentro pesimista, sino realista y yo no tengo nada en contra de la realidad, sólo sé que hay tiempos mejores que otros y también algunos dónde tienes que recargar energía, sueños, metas y también vida. Dejar respirar a la voluntad y que recobre fuerza y enfoque, como todo en el mundo y yo como una habitante más, soy afectada ante la causa y el efecto.

La dicha de dormir sin sueño, de comer sin hambre, de soñar sin sueños. La oportunidad de cargar vida, de vaciar lo saturado, de dejar pasar los días. La contradicción que me embarga, la indiferencia que le aplicó, la voz interna que me lo reclama. Yo me giro despacio para no despertarme, cambio de lado la almohada, cuentos mis dedos de los pies bajo la sábana, abro el ojo derecho, porque con el izquierdo ya no veo nada y compruebo el haber amanecido en mi propia recamara. Dos tazas de té en mi mesa, me cuentan las noches, apagar la luz, el teléfono, que me estoy sábado a solas.