De regreso a casa

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

La acción de regresar a casa puede tener muchas connotaciones, regresas a casa después de una jornada de trabajo, de la escuela, de hacer un viaje o incluso cuando vives muchos años fuera de la ciudad en la que creciste, cuando vuelves puedes decir que regresas a casa, aunque ya no tengas una ahí.

La palabra casa siempre estará relacionada con algo más allá que paredes, puertas y ventanas, porque es un lugar donde te sientes seguro, acogido y querido, en familia.

Hay anfitriones con tal calidez, que te hacen así sentir seguro, acogido y querido. Hoy hablaré de mi viaje a Guadalajara de la semana pasada, uno de esos viajes que puedes decir que regresaste a casa. Sí, regresé a casa y comí la comida de mamá con la sazón de quien siempre ha sido mi segunda madre, mi tía favorita que siempre nos ha dado su amor puro a mí y a mis hermanos, ese amor de tía, de mejor hermana de mi madre, de mejor ser humano.

Tuvimos una comida para celebrar el cumpleaños de mi hermano y de paso el mío, que a decir verdad nunca quise quitarle el reflector de sus cincuenta, créanlo yo viajé a celebrarlo a él, pero fue inevitable quedar del lado del festejado en la foto, pues tres días separan nuestros cumpleaños y nuestra segunda madre nos puso una velita a cada uno en el pastel. Y ahí estábamos rodeados de cariño de nuestros tíos y primos hermanos, que son más hermanos que primos. Recordé cuando jugábamos de niños y hoy todos en los cincuentas reímos igual que siempre lo hemos hecho, porque, aunque tenemos canas somos los mismos. A esos momentos les llamo regresar a casa, ese lugar donde te sientes seguro, acogido y querido, en familia.

Al día siguiente vi a mis queridos amigos Rafael y María de Jesús, estábamos los tres como en los viejos tiempos y al verlos también fue como regresar nuevamente a casa. Ambos me formaron y me dieron herramientas que he puesto en práctica durante treinta años.

Rafael fue quien me dio mi primer trabajo y se volvió mi mentor, mi guía, mi consejero, él fue quien siendo una recién egresada me dio las tablas de trabajo que nunca olvidé, un hombre en quien puedes confiar siempre, quien tuvo oídos para escuchar y darme los mejores consejos, me formó y me dejó lista para lo que seguiría en mi vida profesional, y con una inmensa generosidad que lo caracteriza, me dio el cariño de un padre.

María de Jesús desde que la conocí se convirtió en una gran amiga, confidente y consejera, ella me enseñó a entender la disciplina y el control para que siempre te salgan las cuentas, para que no te falte un peso en la rendición, es decir, las cuentas claras a prueba de balas.

Hoy mi contador dice que soy su cliente más ordenada, solo le contesto que tuve una gran maestra, ella. Años sin vernos y parece que no pasó el tiempo pues no había espacios, ni huecos vacíos que tuviéramos que llenar en la conversación, porque somos los mismos, porque no hemos perdido nuestra esencia, solo que ahora tenemos canas, nos pusimos al día, reímos, recordamos y reiteramos que estos momentos de compartir la mesa son invaluables, los abracé varias veces con ese cariño del bonito, del que perdura, del que toca el alma como citó Rafael y con ese cariño en mi corazón tomé un avión y regresé a casa con el alma llena y con la promesa de repetir pronto la visita, porque esa es la verdadera riqueza, volver a donde fuiste feliz.