De niños, escuelas y Barney

¡Ah, la maternidad!, esa etapa en la que olerle el trasero a alguien es socialmente permitido… y por cierto, ¿por qué hay gente que prefiere el tacto cuando la vista y el olfato son igual de efectivos para comprobar si el pañal tiene premio? Como le digo a mi hija cuando la ráfaga de “por qués” me empieza a colmar la paciencia: misterio del universo.

En el sur de Holanda las clases empezaron hace apenas una semana, y es reconfortante ir el primer día de clases y encontrarse con otras madres ojerosas, despeinadas y agradecidas por quitarse de encima seis horas a sus hijos, digo… por la fortuna de tener acceso a la educación que hará de nuestros retoños personas de bien. Entramos a la escuela madres apuradas y salimos madres felices, a las que poco nos falta para ir corriendo, chocando los talones; si, éstas son las vacaciones de las madres.

Si se va a algún lado hay que asegurarse de llevar todo encima: pañales (normales y acuáticos), el carrito, algo de comer para el camino, cortaúñas, medicinas por si esto y por si lo otro, leche, mamilas, protector solar del 200, cepillo de dientes y de cabello, y los juguetes favoritos.

Salir de la casa como caracol, con la casa encima no contribuye a tener bajo nivel de estrés, porque al final siempre olvidamos algo, ante lo cual el padre de las criaturas hará un comentario que provocará al asesino-destazador que todas las madres llevamos dentro.

En el caso de mi hija mayor, su juguete favorito es un peluche de Barney. El de la pequeña es un envase vacío de dulces en forma del pez Nemo. Pues ya en el aeropuerto, de regreso a casa, que vemos una tienda con mil peluches, donde por supuesto estaba Barney.

Como viajamos con mis padres, mi primogénita ni tarda ni perezosa, corre con ellos a hacerles lo que yo llamo la mirada Diana de Gales, ese gesto de cabeza agachada, mirada hacia arriba y labio inferior ligeramente colgado que siempre le da resultado. Le digo que ya tiene un Barney, pero no entiende razones.

La pequeña capta que la grande quiere algo y se une al acoso. Cinco minutos y cuarenta dólares más tarde, regresan los abuelos con las niñas, cada una con un Barney en los brazos.

Le digo a la grande que su viejo Barney, el que la ha acompañado los últimos tres años, y tiene tantas millas aéreas como nosotros, se pondrá triste de que lo haya cambiado por otro. Me dice que ya se dieron un beso y se hicieron amigos. Lo que pensé a continuación no puedo ponerlo aquí, pero me hizo reír mucho.

Ya en casa, mi hija hizo un descubrimiento terrible: el nuevo Barney canta si se le aplasta la panza.

Me lo dijo dando brincos de alegría mientras yo no sabía si reír o llorar. Pero como me dijo una amiga: mejor disfruta la etapa de Barney, que la que sigue puede ser de Justin Bieber.