De mojados en Cataluña

Por Adriana Zapién y Valente Garcia de Quevedo

El sábado 27 de octubre se cumplirá un año de que el parlamento catalán declaraba la independencia de Cataluña anunciando “La República catalana se declara como Estado independiente y soberano”

Los catalanes tenían todas las intenciones de redactar la constitución de su nuevo Estado, a lo que España reaccionaba destituyendo a la Generalitat y suspendiendo la autonomía de esta comunidad. Por supuesto el mundo estaba a la expectativa de qué sucedería y ningún país reconocía hasta ese momento la independencia catalana.

Llegó el 28 de octubre y después de unos días en Valencia por un viaje de estudios nos dirigimos en carretera con mi querido vecino de columna, El Alquimista, hacia esa nueva república. Estábamos a punto de pisar lo que en ese momento sería supuestamente otro país, de manera real en la mente de muchos catalanes y a manera de broma por el resto de España.

Pero al ser ese un momento histórico y que la nombrada independencia podría durar unas cuantas horas, antes de que el gobierno español tomara el control por completo aprovecharíamos para tomarnos fotos donde sería la frontera entre la comunidad de Valencia y la república de Cataluña ubicado en El Montsià.

Ese lugar donde se colocaría la garita o check point y donde en teoría nos sellarían el pasaporte jajaja; pero como apenas habían pasado unas horas de la declaratoria de independencia, pues cruzamos como “Juan por su casa” sin saber si éramos legales o ilegales y seguimos nuestro rumbo hasta la zona vinícola de Priorat, llegando a Porrera donde estaban festejando la tan deseada independencia.

Apenas entramos al pueblo y vimos todos los balcones con la bandera independentista que junto con las banderolas del “Sí” en el 100 por ciento de los balconcillos, nos indicaban que nuestra conversación debería ir en pro de la independencia y felicitarlos por tal logro, ya que de no hacerlo podríamos ser declarados visitantes “Non gratos”

Y la verdad es que queríamos beber buen vino y comer bien, por lo que no correríamos el riesgo de perdernos ese placer, si opinábamos sobre cómo se veían las cosas del otro lado antes de cruzar la frontera de las dos provincias. Ese día en la mente de los catalanes eran dos países y para los españoles solo una locura que no iba a durar mucho.

Y en efecto el gobierno español había tomado el control y organizaba las aprehensiones de los disidentes que comenzarían a llegar una por una. Esa noche de regreso a Tarragona, ya en la ciudad y después de visitar la Cataluña rural, sin querer quedamos inmersos en la marcha convocada por la sociedad civil catalana SCC, mezclándonos entre los cinco mil manifestantes que vitoreaban “Qué viva España” por la plaza de la Font dándole el apoyo al presidente español por la toma del control de Cataluña. Y como dice el dicho que a donde fueses hacer lo que vieres, pues marchamos con los españoles.

Nuestra gran aventura en la república Catalana terminaba con un buen resumen. Por la mañana cruzando la frontera de ilegales; por la tarde bebiendo vino del Priorat en un sótano,  junto a puro separatista (cuatro vascos, dos catalanes y dos mexicanos) brindando por la independencia;  y por la noche, marchando a favor de la España unida. Y así como el cuento de la Cenicienta, al llegar la media noche el sueño de la Cataluña independiente terminaba.

Pocos viajeros pueden presumir que el día que Cataluña fue independiente estuvieron ahí. Nosotros somos uno de ellos.