De mis pláticas a solas

Por Ana Celia Pérez Jiménez

La relación entre aquellos que se van de este mundo y los que seguimos aquí siempre se me ha hecho algo muy místico, lo comparo como el capítulo mágico de un libro serio y verídico donde se hablan de mundos imaginarios, hechizos y portales. No sabemos a dónde van, qué pasa, si se quedan por un tiempo para ellos también despedirse de alguna forma de nosotros, para ellos también poder dejar ir y continuar con su trayecto. Al menos yo siempre me he aferrado a ese pensamiento  que ellos nos escuchan y que al escuchar su nombre de alguna manera mágica en un mundo tan incrédulo descienden y llegan a esta dimensión y te escuchan, sonríen, dan serenidad de esa que solo el que deja de ser humano contiene y entiende.

Obviamente no hablo de algo certero, hablo de lo que a mí me gusta imaginar para poder sentir que aún están conmigo, que no los he perdido del todo y que puedo resolver tantas cosas incompletas, terminar platicas, explicar mis actos y hablarles de lo mucho que yo sentía y el porque me han hecho falta (sí, así como lo vemos en las películas con los fantasmas que no logran descansar por dejar cosas resueltas, pienso que esas cosas no resueltas casi siempre las tenemos los que nos quedamos acá, en este mundo finito y de desencuentros).

Nunca olvido los momentos  precisos cuando se me informo la muerte de uno de mis seres amados, es como que allí en ese dolor, en el exacto sentimiento de pérdida donde sentía que algo se me arrancaba y ahí donde nacía la frustración de lo que es y ya no es, de quien estaba y ya nunca estará se encapsula en el tiempo como una burbuja, un sueño, un lapso  que ningún otro recuerdo o el tiempo puede modificar, cambiar o borrar y todo se guarda ahí dentro, el mismo dolor, el mismo coro de llanto, la mismo incomprensión .

En ese mundo a donde se van o ese universo en el que se disuelven me pregunto si nos recordarán, mejor seré más precisa, me pregunto si él me recordara, si él me habrá perdonado, porque yo siempre lo pienso y lo sueño… (Y aquí me desconecte de este escrito por  unos 20 minutos ¡vaya que uno se puede perder en este remolino de sentimientos!). Aún busco en mi memoria si hubo una señal, alguna sonrisa que dijera: ¡Esta es la última! o  alguna plática que denotara que no volvería hablar jamás y así hubiera sacado el máximo provecho, lo hubiera dicho todo, todo eso que yo guardaba para algún otro momento. Imagino, porque solo me queda imaginar  que ellos ya lo saben todo, desde lo mucho que son extrañados, cuanto se les amó, de las pláticas que quedaron en borradores y que en nuestro corazón siguen vivos y usamos el método de soñar para sentirlos de vez en cuando tan reales; todo esto lo imagino porque solo lo puedo imaginar.