De estos días

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Días en los que nos despierta una triste noticia, la muerte ha llegado a la puerta sin ser esperada o invitada y todo eso que escuchamos de cuando ella llega. No hice más que llorar como respuesta inmediata, como ser corporal y emocional, arrojar esa exclamación de lo perdido, de lo que ya no es y no será. Sacar el dolor que es un grito inmediato ante aquello que no esperas, que no esperaba como un antónimo de la sorpresa. Y me guardo en un cajón entre tonos grises y telas viejas al mismo que he acudido desde edad pequeña cuando se me entristecía el mundo, cuando no encontraba esquina que me escondiera, brazos que me resguardaran.

La muerte nos hace recordar y sentir que no sabemos nada de ella, conocemos el lado de esta ecuación donde uno se cuestiona tanto y queremos hacer sentido del resto, queremos pensar que fue una orden divina, que se van a ser, sin saber qué, pero a ser.

Que no por ya no poder percibirlos en este plano dejan de existir no porque las religiones nos digan sino porque las leyes de energía lo confirman y esta soy yo en mi arraigo experimental y lógico. Siento y pienso en el dolor que me causa la pérdida es merecido, ellos merecen este dolor, esta despedida incomprendida, este arrancamiento de la vida que conocimos donde su nombre brota pero nuevas memorias no se pueden ya lograr.

No cambiaríamos nada, al menos yo no, aun sabiendo el resultado ni el apego, ni el amor, ni el tiempo invertido. Me parece que todo lo contrario, cambiaríamos más amor, más momentos, más tesoros los cuales podemos después sacar en soledad como proyección en la nada y revivir lo que duele, la vida que fue y lo que nos mueve.

La muerte nos acerca a lo divino del mundo, del destino de nosotros, nos quita el lente de la costumbre y nos revive el presente, nos recuerda que no siempre hay advertencia, no hay un hilo tangible, todo puede ser y todos pueden ser y yo deseando siempre ser primero. La muerte me recuerda la propia y de lo que más amo y me hace sentir y querer vivir más fuerte como si cada corazonada fuera una pauta de movimiento en mi persona, que quiere hacer una melodía que me reconforte la futura ausencia.

La muerte que llega siempre es la misma empalmada cada vez con más nombres.