Cuevas o el ilustrador de nuestras angustias y miserias

Por Pedro Ochoa Palacio

A Jorge Ruiz-Dueñas

Pareciera que el nombre del artista mexicano José Luis Cuevas (Ciudad de México, 1934-2017) ha estado ligado desde sus inicios más al mito que propiamente a su trabajo artístico. Al Cuevas público y polémico que al trabajo del artista propiamente dicho. Se sabe que de niño sin tener la edad requerida ingresó a la Escuela Nacional de Artes La Esmeralda, por el director Antonio M. Ruiz, “El Corcito”, por estar excepcionalmente dotado para el dibujo, aunque su verdadera formación será autodidacta. Inició muy joven una brillante trayectoria que comprende cientos de exposiciones individuales y colectivas en galerías, museos y ferias de arte de las principales ciudades del mundo. Se dio a conocer internacionalmente al exponer en Washington en 1954, y en Nueva York en 1957, con influencias muy claras de Goya, Rembrandt y Picasso. En ese momento publicó el manifiesto contra el muralismo “La Cortina de Nopal”. En París en la galería Loeb, Picasso adquirió dos dibujos de Cuevas. Así lo cuenta José Luis Cuevas:

“Súbitamente el teléfono me fue pasado y me quedé paralizado al oír la voz de Picasso. La oía distante e irreal. Comenzó hablándome en un francés muy deficiente para después decirme palabras en español. Con torpeza le dije que me gustaría que visitara mi exposición que se presentaba en la galería Loeb. Su respuesta me llenó de sorpresa: la había visitado un día antes y le había parecido excelente. Tanto que había adquirido dos de mis obras. Que además me había dejado un saludo en la libreta de la galería. No sabía qué decir. Ya no me atreví a pedirle que me recibiera en su casa Lo único que llegué a articular fue un débil ‘gracias’, que posiblemente no llegó a oír. Colgué el teléfono. Al día siguiente fui recibido en la galería Loeb con grandes muestras de alegría: efectivamente Picasso había visitado mi exposición y había adquirido dos de mis obras. También había dejado estampadas unas líneas en la libreta”.

Un poco más tarde empezó a recibir los primeros galardones, como el primer premio internacional de dibujo en la V Bienal de Sao Paulo (1959), el primer premio internacional de grabado en la I Trienal de Nueva Delhi (1968). Su obra sería reconocida primero en el extranjero que en nuestro país. Lo cual lo lleva a exigir la apertura de espacios para la generación emergente del arte mexicano, la generación de los sesentas, conocida también como la generación de la ruptura.

Para estar a tono con el maestro voy a diferir, el movimiento de la ruptura, aunque nace de la oposición al realismo social imperante en las artes plásticas, es más valioso por los hallazgos que por las negaciones. Tienen mucho mayor sentido las contribuciones que las diferencias con el muralismo. ¿Qué logran Cuevas y su movimiento? Le inyectan un aire de modernidad al arte mexicano. En el plano internacional es uno de los iniciadores de la rebelión neofigurativa. Su exclusiva dedicación al dibujo y al grabado hay que verla como parte de su personal postura, así como la insistencia en los autorretratos y en los temas literarios y eróticos. Por ejemplo, ilustra la Metamorfosis de Kafka en una edición, hoy en día apetecida por coleccionistas.

Si el muralismo es el arte generado por la Revolución Mexicana, y huele a campo y a pólvora, el arte de Cuevas responde al México urbano, cosmopolita y globalizado. Si el Muralismo es el arte que ocupó los muros públicos de los veintes a los cincuentas, Cuevas se encarga de los espacios privados y de las dimensiones humanas y lleva al público a las galerías. Si en el muralismo la ideología importa en Cuevas prevalece la preocupación por las angustias psicológicas. Si el muralismo pretende enfrentar a los grandes problemas nacionales, Cuevas se encarga de los dramas personales, el drama humano, la miseria, la intolerancia, las angustias y la sexualidad. Si el Muralismo se asocia a la revolución hecha gobierno que entra en crisis en 1968, Cuevas se identifica con los movimientos sociales independientes y de alguna manera se anticipa al movimiento estudiantil con el Mural Efímero de la Zona Rosa (que él mismo bautizó), de la Ciudad de México, en 1967. Si el muralismo aún conserva la solemnidad, Cuevas es irreverente e irónico e iconoclasta. Cuando el muralismo habla de una revolución triunfante, Cuevas muestra nuestras miserias, y dolores que no sanan, su dibujo tiene una carga trágica ante un angustiante presente y sin claridad en el porvenir.

Conocí a Cuevas, en los noventas, por el maestro Jorge Ruiz Dueñas. Tuvimos encuentros en Tijuana, en su casa en la Ciudad de México y San Diego. Siempre su conversación fue amable, generosa e inteligente. En una cena con José Tasende, Cuevas me presentó a Octavio Paz. Con un grito de “¿Cómo estás Octavio?”, José Luis interrumpió el silencio del restaurante, Paz sonriente y amable se acercó a la mesa. Cuevas le hizo una broma: “Dicen que los hombres viejos se dejan la barba, Octavio”, ambos eran barbados en ese momento, Paz entre sonrisas saludó a todos de mano y abrazó a Cuevas.

En el Museo Cuevas se puede apreciar el gran legado del maestro Cuevas, como dibujante, pintor, ilustrador, escultor, grabador y escritor, sin duda, el artista mexicano más importante de la segunda mitad del siglo XX.