Cuestión de estilo 

Por Daniel Salinas Basave

Más allá de las políticas públicas y de la a menudo infladísima lista de logros presumidos en el sexto informe, lo que recordamos de los presidentes mexicanos es su estilo personal de ejercer el poder. El historiador Daniel Cosío Villegas lo sintetizó en 1974 en un libro memorable llamado El estilo personal de gobernar, en donde señala que por encima de ideologías y planes de gobierno, el carácter y la psicología de cada mandatario es lo que acaba determinado el rumbo del país.

El libro de Cosío, dedicado al fallido sexenio echeverrista, no ha perdido vigencia alguna a casi 50 años de su publicación. Hoy más que nunca constatamos cómo la personalidad del presidente es lo que determina la temperatura política del país. Podemos hacer un ejercicio de libre asociación y anotar qué es lo primero que nos viene a la mente cuando pronunciamos el nombre de un ex presidente y lo más probable es que recordemos un rasgo distintivo de su personalidad antes que un logro de su administración.

Sabemos que Obregón era irónico y hacía chistes de humor negro sobre sí mismo mientras Calles era hermético y maquiavélico; que Miguel Alemán era glamuroso y Ruiz Cortines discreto, de bajo perfil y aficionado al dominó; que López Mateos (o López Paseos) era aficionado a los viajes y tenía complejo de galán mientras Díaz Ordaz era rudo, autoritario e intolerante. Recordamos que Echeverría (el más parecido al actual presidente) tenía complejo de predicador y pronunciaba peroratas interminables y que López Portillo era grandilocuente, rimbombante y con ínfulas de intelectual, mientras De la Madrid era parco y gris.

Imposible olvidar la maquiavélica elocuencia del inteligentísimo Salinas de Gortari y el pragmatismo y la practicidad de Zedillo. Aún tenemos muy fresco el recuerdo del Fox dicharachero, campechano y bobalicón mientras que a Calderón lo recordamos como terco, intolerante y dado a la bebida y a Peña Nieto como el non plus ultra de lo frívolo, lo superficial y lo hueco.

¿Cómo recordaremos al actual presidente? Uf, la verdad es que ninguno de los antes mencionados ha dado tantísima tela de donde cortar como López Obrador. Ningún otro sexenio ha estado marcado tan profundamente por el estilo personal del mandatario.

Más allá de sus acciones, la personalidad del tabasqueño es lo que condiciona y determina la agenda pública en México. Para empezar, ningún otro presidente tuvo tantísima exposición pública como el actual. Ofrecer conferencias matutinas diarias de más de dos horas da lugar a una catarata interminable de frases y expresiones, lo que por pura lógica matemática eleva las probabilidades de un tropiezo.

A Obrador, como a Echeverría, le gusta predicar y sermonear, con la diferencia de que sus letanías llegan en tiempo real a millones de mexicanos y se multiplican en las redes sociales, sobre cuando comete una pifia o arremete contra sus enemigos, lo que ocurre casi todos los días. El presidente afirma que quienes votamos en contra de su proyecto estamos mal influenciados por sus detractores.

Hablando a título personal, puedo afirmar que aún si no se publicara una sola palabra contra la 4T en los medios, aún si no existieran Loret, Brozo, López Dóriga y demás críticos acérrimos de este gobierno, a mí me bastaría y sobraría con escuchar al presidente para convertirme en su detractor. Con sus propias palabras tengo suficiente para oponerme a este proyecto. Ningún otro mandatario se había buscado tantos pleitos gratuitos y había fustigado tanto a la ciudadanía. El peor enemigo de Andrés Manuel López Obrador se llama Andrés Manuel López Obrador.