Cuatro décadas sin Julio Cortázar

Por Daniel Salinas Basave

El 12 de febrero se cumplieron 40 años de la muerte de Julio Cortázar. Sé, por lo que me han contado, que la noticia de su fallecimiento fue recibida en su momento con tremenda incredulidad pero sobre todo con muchísima tristeza. Al mundo literario en verdad le dolió la muerte de Julio, pues daba la sensación que a sus 69 años todavía le quedaba batería.

Después de casi una década de ausencia, Cortázar alcanzó a hacer un último viaje a Buenos Aires en diciembre de 1983, cuando apenas le quedaban dos meses de vida. La democracia acababa de volver a Argentina y Raúl Alfonsín estaba por asumir como presidente.

Hay quien dice que Julio ya intuía la inminencia de su muerte y según narra Martín Caparrós, aquel inesperado viaje fue para despedirse de su madre. Sin embargo, su correspondencia con amigos parece contradecir la teoría, pues Julio derrochaba planes y tenía en agenda no pocos viajes, pero llegando enero se empezó a sentir muy mal. ¿Será cierto que contrajo el VIH en una transfusión sanguínea y se lo contagió a su pareja, Carol Dunlop?

En el 84 vivíamos todavía en un mundo cortazariano y en los ecosistemas librescos todo mundo había leído Rayuela. Yo tenía nueve años de edad y mentiría si les dijera que su muerte me conmocionó, pues entonces todavía me faltaban unos cuatro añitos para toparme por primera vez con Casa tomada en El cuento hispanoamericano, la antología compilada por Seymour Menton y seguir con La continuidad de los parques

En cualquier caso, en los tiempos en que yo hacía mis pininos en talleres literarios, Cortázar estaba entre las lecturas básicas e ineludibles de todo aspirante a escritor. Creo que los setenteros fuimos todavía una generación cronopia. Tal vez sea exagerado llamarlo autor generacional, pero era imperdonable no haberlo leído (como imperdonable era no haber leído a José Agustín). Corríjanme si me equivoco, pero me parece que los jóvenes escritores de hoy se olvidaron de Cortázar. Los millenials alucinaron con Roberto Bolaño y lo sobrevaloraron a niveles patológicos, pero dejaron de lado el mundo cortazariano.

Yo a Julio le entré por los cuentos y llegué a su novela cumbre cuando era un joven reportero debutante en El Norte. Leí Rayuela en las sierras del Sur de Nuevo León, cubriendo para El Norte unos devastadores incendios. Me quedé una semana rolando entre Aramberri, Zaragoza e Iturbide y Julio era mi compañero de viaje.

Por eso Rayuela no me sabe a café de Montmartre sino a huizache chamuscado. En cualquier caso, si tuviera que salvar un solo libro de Cortázar para llevarme a un exilio a las Islas Coronados (mis islas al mediodía), me quedo con los cuentos de Todos los fuegos el fuego. Lo prescindible y lo peorcito de Julio (obvia decir) son sus escritos políticos.

Paradójicamente, el más sentido homenaje narrativo inspirado por la muerte de Cortázar, fue brindado por un sinaloense, Élmer Mendoza Valenzuela, en un cuento autobiográfico. En plena tarde de toros en la Plaza México, Élmer se entera de la muerte de Julio y no puede contener el llanto.