Cuando volvamos a ser lo que éramos 

Por Daniel Salinas Basave

Lo decimos y escuchamos todo el tiempo, tanto, que se ha vuelto un lugar común: “ya cuando todo esto pase nos volveremos a juntar y entonces…”. A punto de cumplir un año en pandemia aquello empieza a sonar como utopía.

Cuando todo esto pase, cuando la mentada vacuna empiece a hacer efecto en serio, cuando estos meses sean solo un recuerdo. ¿Llegará el momento en que estos tiempos sean ayeres? Sí, sin duda llegará y también esto pasará, pues esta pandemia no puede ser eterna. ¿Y volveremos a ser lo que éramos? Eso sí lo dudo, pues a lo mejor hay cosas que cambiaron para siempre y nunca volverán ser iguales. Vaya, ni siquiera nosotros somos los mismos.

Al tiempo le gusta disfrazarse de contradictoria dualidad y aún no sé si febrero de 2020 fue ayer o transcurrió hace un siglo. El calendario me dice que han pasado once meses y que ya entonces se empezaba hablar con cierta insistencia del virus chino que irremediablemente irrumpiría, aunque nuestro mundo aún giraba.

En aquel febrero tan lleno de presagios, emprendí una pequeña gira de promoción de mi libro en Ciudad de México y Guadalajara. A nadie se le ocurría pedir un cubre-bocas para subir al avión y no dudábamos en estrechar manos, dar abrazos, saludar de beso a las mujeres.

Hoy todo ello me padece tan lejano, tan de otra época. Pronto el cerebro aprendió a activar una alerta de terror ante lo que hace muy poco era ordinario. Hoy me parece inconcebible y me genera una terrible inquietud el hablar con un extraño que no lleve la boca cubierta y siento ñáñaras cuando abro una puerta o toco una superficie en un lugar público. Alguien podría llamarle obsesión, hipocondría, pero hay tantísima muerte a nuestro alrededor, que ninguna precaución me parece exagerada.

Ayer, nada menos, murió Arturo Escamilla Hurtado, un colega comunicador con quien en alguna etapa de la vida me tocó coincidir casi a diario, cuando yo cubría como reportero el XVIII Ayuntamiento de Tijuana. La semana pasada murió el poeta Iván Trejo, con quien coincidí en la época en que acudía al taller de Rafael Ramírez Heredia en la Casa de la Cultura de Nuevo León.

No exagero si digo que cada semana muere alguna persona conocida y nunca he perdido de vista que yo puedo ser el siguiente. Por ello me cuesta tanto trabajo creer que volverán los días en que podía estrechar más de cien manos durante un peregrinar de feria de libro o beber en un bar atestado como el Hussong’s de Ensenada hombro con hombro con extraños o cantar a grito pelado en un concierto de rock entre una lluvia de saliva y sudor o gritar gol en un estadio abarrotado sin sentir ningún tipo inquietud.

En los últimos once meses mi tacto hacia otro ser humano se limita a mi esposa y mi hijo. Dicen que la cultural calidez del mexicano se refleja en que somos muy dados al abrazo por cualquier pretexto, al apretón fuerte de manos y a la palmada en el hombro, pero a lo mejor eso tendrá que ir quedando atrás. Claro, puede ser que cuando esta pesadilla queda atrás sintamos unas ganas enormes de reunirnos y abrazarnos y de pronto irrumpa una repentina fiebre por lo gregario, pero al menos hasta este día, un chip neuronal se ha movido y a veces pienso que será para siempre.