Cuando los libros llegaron a Tijuana

Por Daniel Salinas Basave

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Tijuana, como el París de Hemingway, era una fiesta en los idílicos años veinte, cuando el puritanismo de Wilson y su Ley Volstead secaron las gargantas de millones de estadounidenses. Ríos de alcohol y dólares triplicaron la población de la ciudad fronteriza en sólo una década. Las crónicas de la época hablan de la barra más larga del mundo, rebosante de Cerveza Mexicali, de un puente tambaleante apodado la marimba que se caía cada cierto tiempo con las crecidas del río y de un mítico casino y su alberca que enamoró a Rita Hayworth. El problema es que ninguna de esas crónicas me aclara si en aquel naciente villorrio había alguien que se dedicara a vender libros y si había alguien interesado en comprarlos y leerlos. En medio de ese río de alcohol y sexo ¿había alguien que se tomara el tiempo de entregarse a la lectura?

En su artículo De noche vienes, de día te vas, dime cultura en dónde estás, incluido en el libro Tijuana Senderos en el Tiempo, Pedro Ochoa habla de la existencia de una biblioteca en el Centro Mutualista Zaragoza, fundado en 1921, aunque las primeras dos librerías tijuanenses nacen hasta la década de los treinta. Según el registro de la Cámara de Comercio, el primer negocio dedicado a la venta de libros en Tijuana, fue la Librería y Agencia de Periódicos de Enrique Mérida, ubicada en un punto comercial privilegiado: calle Segunda y Avenida Revolución, justo donde ardía la ciudad. Existía también por aquel entonces (y existe aún) la Librería del Parque del profesor Antonio Blanco, justo en la esquina de del Parque Teniente Guerrero y la avenida 5 de Mayo. A la fecha se dedica más a rematar revistas y periódicos viejos, además de vender dulces y chucherías.

La existencia de esas librerías hace pensar, en palabras de Ochoa, en los primeros lectores de la ciudad “y no necesariamente lectores de libros de texto, porque los institutos educativos aún tardarían en llegar”. Fue hasta el final de la década de los treinta cuando surge la primera generación letrada en la ciudad, traída en parte por la inmigración española y que encontró su hábitat natural en el recién expropiado Casino Agua Caliente, bautizado por el Presidente Lázaro Cárdenas como Instituto Escolar Agua Caliente. Pedro Ochoa destaca las figuras de los maestros Miguel Bargalló Ardévol, Laureano Sánchez Gallego, Antonio Alberich y Antonio Blanco, además de los periodistas Gabriel Hernández Rincón e Issac Díaz Hidalgo, el historiador y catalanista Abelardo Tona, así como los escritores Alfonso Vidal y Planas, Francisco Parés Guillén, Francisco Lader y el escritor vasco ensenadense Luis de Basabe.

Patricio Bayardo bautizó como Generación Tashumante al primer círculo intelectual que se preocupó por promover la literatura en la región a principios de los años cuarenta, impulsores de los “pocos e insólitos espacios” que dan testimonio de su afición. Esta primera generación fundó las primeras revistas literarias que circularon en la entidad: Actual y Letras de Baja California.

*El autor es periodista y ganador del premio Estatal de Literatura categoría Ensayo.