Cuando la muerte camina tan cerca

Por Daniel Salinas Basave

Hemos querido contagiar lo sublime a la muerte, asociarla con la gloria, la redención, la apoteosis. Cuántas personas optan por su muerte para acceder a un pedacito de inmortalidad. Pero la muerte puede ser también (y de hecho lo es en la mayoría de los casos) un acto terriblemente absurdo no exento de cierta comicidad. Acabamos desnudados por la muerte en nuestras formas más estúpidas y grotescas como el valiente condenado al fusilamiento  que sueña desafiar a sus verdugos con mirada soberbia y acaba defecando en los pantalones antes de recibir la descarga.

Aun así, grotesca o sublime, señorial o plebeya, la muerte es la mejor consejera. Háganle caso a don Juan Matus. Es lo mejor que me han dejado por herencia mis lecturas castanedianas. Además, la muerte, cual deidad, es imperturbable e inmune a humanos juicios de valor. Acaso deba corregir lo escrito arriba: la muerte no puede ser absurda o sublime. Absurdo es el acto de morir porque absurdo es el hombre. La muerte es siempre la misma, tan democrática ella, tan leal compañera.

¿Para qué conjurar a la muerte? ¿Para qué temerla? No le den más vueltas al asunto ni busquen dioses o mitologías que los rediman. Es la única compañera absolutamente fiel de tu vida. Está contigo desde tu primer segundo de existencia y podrás sentir su aliento en tu hombro con tu primer respiro, en tu primer suspiro traicionero que te arrancó esa cosa parecida al deseo, en ese orgasmo demoledor, en tu grito de euforia y dolor, en tu embriaguez de Narciso.

Con una visión del mundo propia de tragedia griega, podemos concluir que en realidad todo cuerpo vivo tiene definida su fecha de caducidad. Si nacemos marcados por un tiránico destino irrenunciable, entonces la fecha de nuestra muerte ha sido de antemano señalada por caprichosas deidades y nada hay que podamos hacer al respecto. Inútiles serán nuestras rebeliones apóstatas, pues hagamos lo que hagamos no podremos escapar al brazo ejecutor de nuestro destino. Desde el instante de nuestro nacimiento, iniciamos una cuenta regresiva hacia el día de nuestra muerte. Estar vivo significa estar desahuciado.

“La vida es sencilla para el corazón: Late mientras puede. Luego se detiene. Antes o después, algún día ese movimiento martilleante se para por sí mismo y la sangre empieza a correr hacia el punto más bajo del cuerpo”, escribe Karl Ove Knausgard en La muerte del padre.

Al final la vida se va convirtiendo en un océano de olvido, un cofre de anécdotas que yacen  refundidas en algún pozo del subconsciente. El irremediable naufragio de la memoria que algunos intentamos sin éxito conjurar mientras desparramamos palabras. Es imposible no pensar en la muerte en estos días. Hace unas horas murió el colega periodista Sergio Haro y hace dos semanas mataron a Javier Valdez en Culiacán. En abril dijo adiós Sergio González Rodríguez y en nuestra Tijuana sin ley matan a cuatro personas diarias, entre ellas niños pequeños y ciudadanos que estuvieron en el lugar equivocado. La oscura primavera me arroja una certidumbre: nuestra vida es frágil como una capa de hielo a punto de derretirse, una velita bajo el diluvio, un puño de ceniza en el ciclón.