Cuando fui mortal

Por Daniel Salinas Basave

En su cuento Cuando fui mortal, Javier Marías plantea la idea de que después de la muerte, cuando nos transformemos en fantasmas, podremos tener una visión total de la propia vida. No se trata solamente de tener una retrospectiva de lo que recordamos (o creemos recordar) haber vivido, sino una película completa de todo nuestro entorno, incluso aquello que ignoramos cuando fuimos mortales.

La realidad es que la historia de nuestra vida contada por nosotros mismos adolece de una terrible subjetividad. Pasamos por la existencia sin haber escuchado jamás mil y un conversaciones sobre nosotros, ajenos a momentos o pasajes que determinaron nuestro rumbo y de los que nunca nos enteramos.  

La realidad es que no se necesita morir para contemplar la vida desde afuera y dimensionar en su totalidad, muchos años después, la tragedia o el absurdo de determinada época. Acaso sea la madurez: tener suficiente distancia y frialdad como para subir a la máquina del tiempo y tratar de ver un momento de nuestra vida pasada como si fuera un Aleph.

El pasado nunca es estático. Muta a cada momento y va renovando sus disfraces conforme crecemos. Acaso madurar sea convertirse en fantasma; tener una perspectiva tridimensional del pasado sin que podamos hacer algo desde nuestro limbo adulto, en donde nada, empezando por nosotros mismos, importa ya demasiado.

Desde mi condición de espectro de cuatro décadas, intento dimensionar y reconstruir la manera en que mi familia vivió aquella primavera del 74 y lo que veo es todo el caos e incertidumbre que un niño no esperado puede traer a una pareja de dieciochoañeros. Fui el domingo siete de un furtivo amorío adolescente; un amorío intrascendente que hubiera pasado por la vida sin heridas ni recuerdos pasionales.

Fui concebido entre libros una tarde del ardiente verano de 1973. En septiembre, mientras los gorilas de Pinochet bombardeaban la Moneda en Santiago y Allende se inmolaba en su despacho, Mi madre debe haber empezado a notar que algo no marchaba con regularidad. En aquel moribundo verano la gran noticia en Monterrey fue el asesinato de Eugenio Garza Sada a manos de un comando de la Liga 23 de Septiembre que intentó secuestrarlo.

Para mi padre, la gran tragedia de aquel año fue sin duda la eliminación de la selección mexicana de futbol en el brujo pre-mundial de Haití, un torneo donde los alfileres clavados sobre muñequitos vudú con camiseta verde bastaron para dejar fuera a los mexicanos del mundial de Alemania.

Mi madre confirmó su embarazo hasta el sexto mes de gestación. No sé si desde mi posición de fantasma alcance a dimensionar su miedo e incertidumbre, aunque ella no se cansa de decirme que estaba feliz. La afición de mi madre por Hermann Hesse había determinado que me llamaría Demián, pero una canción de Elton John resultó ser más potente que el vencedor de Franz Krommer.

La canción, compuesta por Elton en 1973 en coautoría con el letrista Bernie Taupin, habla de un veterano de la Guerra de Vietnam que ha perdido la vista y huye despavorido rumbo a España, buscando dejar a atrás el trato de héroe de guerra lisiado que se le da en su pequeño pueblo texano donde su familia lo asfixia. Al personaje se le habla en segunda persona desde la voz de su hermano menor. Daniel es su nombre y en hebreo significa “Dios es mi juez”.