Cuando estoy nerviosa solo hablo de mí

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Entro en desesperación fácilmente cada vez que siento que no puedo extender mis brazos tan abiertos como yo quisiera, cada vez que no puedo avanzar por estar esperando, cuando tengo que llevar hojas encima de hojas con garabatos de ciertas personas para poder ser recibida en ciertas puertas, me desespera mucho tener que esperar a cierta edad para poder ser considerada sabia mi opinión o certera, me desespera ver tanta irracionalidad y solo esperar la caída del mundo, me desespero de escribir palabras y palabras y nunca ver llegar el final de ese libro con olor a piel con mi nombre al costado.

Me desespero porque mi mente piensa en otro tipo de bosquejo, pienso de una manera lineal donde mi pasado convive con mi presente al igual que opina mi futuro, y soy todo y lloro con el mismo berrinche que a mis cinco años, como me fumo un tabaco con el mismo porte de mis ochenta.

No quiero esperar para ser o poder, o no poder; me desespera lo adecuado, el “para todo hay un tiempo”, para mí solo es este no tengo otro, no tengo una reserva o no he comprado 5 o 10 años por adelantado y aunque pudiera en este momento no me alcanzaría, esto que a veces no aprovecho aquí donde a veces no sé lo que hago es todo lo que tengo, me siento como un protagonista en un eterno invierno, caminando siempre por la sombra de mis verbos de gabardina larga pero ligera, mi apariencia desaliñada como siempre, mis características un tanto peculiares, mi nariz larga donde a veces pongo a colgar mis palabras tristes para que se sequen de tanto llanto, mis dedos veloces que ya comienzan a entumirse y más lo días de frío a veces pienso que es herencia a veces pienso que están cansados de siempre estar corriendo entre una letra y otra con miedo de olvidar la palabra. Tengo mis personajes, tengo mi familia, tengo mis favoritos, tengo, tengo y tengo.

A veces me siento enamorada por la mañana para después sentir la soledad que cae como telón viejo y polvoriento sobre mí a eso de las seis de la tarde cuando aún el mundo no ha cambiado su modo y estamos entre empezar y terminar el día, entre me acuesto o sigo caminando, entre hago el amor o hago la cama; mi pensamiento es el pueblo donde pertenezco solo me relaciono con sus habitantes, si los conocieran sabrían que todos tenemos los mismos rasgos, nos gusta la misma comida, caminamos con la misma velocidad y nos vuelve locos  la mismas melodías.  En mi pueblo solo yo, solo ellos, marginada y la reina de la fiesta, en mis palabras doy bocados, doy aroma, doy un bosquejo de lo que llevo dentro, de lo que me es permeable, de lo que derrocho. Solo yo, no mucho, no poco, pero me comunico con las letras y ellas tienen conmigo también al parecer  un gran apego.