Cuando el Río hizo germinar Mexicali

Por Daniel Salinas Basave

A lo largo de sus 2 mil 333 kilómetros, el Río Colorado atraviesa montañas nevadas, valles, cañones, desiertos. Nace entre la nieve, a más de 3 mil metros de altitud, en el corazón de las Montañas Rocosas.

Es ahí, en las cercanías de un pequeño poblado llamado Le Poudre Pass, al norte de Colorado, donde surge entre cumbres nevadas un arroyo.

Al verlo, costaría imaginar que de esa pequeña fuente helada brota el quinto río más largo de Norteamérica, que atraviesa dos países y siete estados entre contrastantes ecosistemas.

El pequeño arroyo que en lo más crudo del invierno se transforma en hielo, atraviesa algunos de los parajes más áridos y calientes del planeta hasta desembocar en el Mar de Cortés.

De las montañas desciende bajando siempre hacia el Suroeste cruzando los estados de Utah, Nevada y Arizona donde atraviesa algunas de las formaciones minerales más caprichosas de la Tierra.

Fue el cauce del Río el que a lo largo de millones de años esculpió las rocas del Gran Cañón. Fue ese mismo cauce el que hizo germinar asentamientos humanos en medio del desierto.

Atraviesa los lagos Powell, Mohave y Havasu, San Carlos, Roosevelt y Apache.

Fue gracias a la artificial desviación de ese Río, que un día, a principios del Siglo XX, nacieron Calexico y Mexicali como ciudades espejo.

Hace 123 años, lo que se llamaría Mexicali eran unos cuantos tejabanes, chocitas de ramas a la sombra de los mezquitales y a la orilla de la ciénaga.

Era el año 1901 y aquel lugar en medio de la nada ni siquiera tenía nombre. Le llamaban simplemente El Río, el lugar donde los estadounidenses construían unas vías y cavaban canales todavía secos que regarían el Valle Imperial.

Rieles ardientes brillando bajo al sol y unos cuantos mezquites en perpetua quietud constituían el paisaje. Mucho más no había.

Ahí, sobre la llamada Calle de Fierro, a un costado de las vías del ferrocarril, se fueron levantando las precarias viviendas de las familias que llegaron a trabajar al lugar. No eran más de veinte viviendas.

Puras ramadas de cachanilla y troncos delgaditos de mezquite formaban los techos y las paredes era puro lodo enjarrado del río que por ser arenoso se resquebrajaba con facilidad.

A unos metros del primer asentamiento, fue levantada en 1902 la primera aduana que marcaba el cruce fronterizo.

El primero en construir una casa firme, de adobe sentado y madera resistente, fue Ramón Zumaya.

Narra Enrique Estrada Barrera en su Crónica de Mexicali que aquella casa tenía varios cuartos y un porche de madera que era el punto de reunión en el naciente villorrio.

En el porche de Zumaya conversaban cada noche los primeros habitantes de aquel árido paraje en torno a una jarra de café con piquete.

Se daban cita Antonio Villarino, Juan Jaussad, Francisco Barrios, Jesús Guluarte, Doña Delfina viuda de Moreno, Expectación Carrillo y Jesús Manuel Vizcarra, entre otros.

Cerquita de ahí estaban las casas de Daniel Sández, ganadero y carnicero del pueblo, que cada semana mataba una res o un marrano; Jesús Carrillo, que fue el primero en vender aguardiente y bacanora o Urbano Vázquez, jefe de la policía del Río por virtud del nombramiento otorgado por el juez de paz de Los Algodones, aunque dicha corporación tenía un único integrante: él mismo.

A un lado del único policía, se estableció La Veracruzana, primera fonda de la zona, regenteada por la Señorona María Arias.

En aquellos años ya vivían entre aquellas casitas los entonces infantes Ramoncita Ochoa, María Villarino, Ernestina Monreal, Cleofás Verdugo Chacón, Ernesto González León.

Narra Enrique Estrada que por el asentamiento rondaban un par de nativos de la etnia Cucapá, reconocibles por sus largas trenzas y sus camisones de manta. Les llamaban el Indio Borrego y el Dos de Bastos.

Aunque habitualmente callados y taciturnos, cuando el Bacanora se les subía a la cabeza les daba por contar historias a aquellos nativos. Hablaban de un barco cargado de oro enterrado en el desierto y del espíritu del Río que algún día retornaría a reclamar sus tierras inundándolo todo.