Cuando el mensajero es el culpable 

Por Daniel Salinas Basave

“Tenemos a la prensa…”. El presidente de México se sumerge en una de sus patéticas pausas, un largo y tenso silencio. “Tenemos a la prensa…ehhh”.  El primer mandatario busca un adjetivo para denostar a esos periodistas que osan poner en tela de juicio la “infinita bondad” de su gobierno. Busca el término ideal para espetarles, pero las palabras, como tantísimas veces le ocurre, no acuden a él. Finalmente, parece dar con las expresiones buscadas. “Tenemos a la prensa…más lamentable…más injusta…la más distante… la más lejana al pueblo”.

“Lamento… que los medios de comunicación en el país estén tan…obcecados en atacar al gobierno que represento. Desde tiempos del presidente Madero no se veía esta prensa tan tendenciosa, tan golpeadora, defensora de grupos corruptos…una prensa que se dedica a mentir”.

Los ataques a los periodistas son parte esencial de la agenda diaria del presidente y tristemente ya no sorprenden. Son ritual de lo habitual, moneda corriente en sus conferencias mañaneras. Lo que resulta el colmo de lo patético, es que estas palabras sean pronunciadas horas después de que 24 mexicanos perdieran la vida en una catástrofe histórica que es resultado de la pura y vil negligencia, de la corrupción sin límites, de la burda indiferencia.

Nunca en la historia del metro de la Ciudad de México se había vivido una tragedia como la acaecida la noche del 3 de mayo. De repente, las vías se desmoronaron y los vagones cayeron al vacío con cientos de pasajeros adentro. No fue por desgracia una tragedia impredecible o que tome por sorpresa a los mexicanos. Sobraban advertencias como para sospechar que la línea 12 del metro yacía sobre estructuras severamente dañadas.

México está en shock, mandatarios de otros países mandan condolencias oficiales y al tabasqueño no se le ocurre nada mejor que atacar a los periodistas y culparlos, una vez más, de todos los males. Habla de la prensa más distante y lejana al pueblo, pero él es incapaz de tener un acto de cercanía o compasión con las víctimas. No acude al lugar del siniestro ni visita a los casi cien heridos que yacen en hospitales.

Después, en el colmo de la abyección y la vileza o en algo ya rayano en la enfermedad mental, la horda de paleros del presidente se da a la tarea de elucubrar la teoría sobre el atentado. Como desde hace 24 años los gobiernos de la Ciudad de México no son ya encuadrables dentro de la “mafia neoliberal” a la que el presidente considera culpable de todas las desgracias de México, entonces sus adoradores trataron de sembrar la teoría de un atentado perpetrado por la derecha para dañar a los gobiernos morenistas y perjudicar a sus candidatos en las elecciones. Esto ya cae en lo patológico y refleja el grado de paranoia e irracionalidad con que se maneja la facción más fanática y recalcitrante de los defensores de la “cuarta”.

Cierto, también es sumamente cuestionable que candidatos del PAN y de otros partidos de oposición lucren tan burdamente con la tragedia y acudan a posar junto a los escombros en afán de conseguir reflectores y votos, pero más allá de la guerra electoral, del primer mandatario esperaría algo más que la enésima rabieta contra los periodistas.

Quiero creer que algún día, espero no tan lejano, se recordará este día como una infamia, una muestra del nivel tan bajo y enfermizo al que ha llegado la polarización política que desde hace un tiempo nos carcome.