Cuando el amor nos habla de amistad

Por José A. Ciccone

La próxima semana estaremos viviendo una de las fechas, promocionada varios meses antes, por la andanada de anuncios que nos recuerdan que el día 14 se celebra al amor y la amistad, en ese orden. Es del conocimiento público que San Valentín es el Patrono de los enamorados, el mismo que sin permiso alguno -comenzó a celebrar matrimonios secretos a los enamorados que les andaba urgiendo unirse con algún aval-, el mismo que fue sentenciado a muerte por el Emperador Claudio II y como es de imaginar, a ningún mandatario le gusta que sus supuestos súbditos se vuelen las trancas sin permiso, mucho menos en aquella Antigua Roma del siglo III, entonces condenó por desobediencia y rebeldía al buen Valentín, un 14 de febrero del año 270.

Desde ese día fatídico, los católicos conmemoran al Santo de los enamorados. Aunque fue hasta el año 496 d.C. y ya casi de salida, cuando el Papa Gelasio I, instaura esa fecha como El Día del Amor y la Amistad. Conste que aquel Papa no estaba sometido y mucho menos imbuido por las redes sociales o publicidad masiva, ni por la comercialización a mansalva como la que nos exponen hoy todo tipo de medios, para luego salir corriendo a comprar flores de todos los colores y aromas, corazones de chocolate, globos brillantes que prometen elevar el amor hasta el cielo y todo tipo de regalos ad hoc para esa fecha, eso sí, lo hacemos con gusto para no desentonar con los amigos y la familia que esperan ansiosos esos detalles .

Partiendo entonces del día 14, los invito a reflexionar sobre esta fecha donde muchos se sacuden de su letargo amistoso y comienzan a llamar como desaforados a los amigos que hacía unos meses -o muchos-, no habían conectado, a los amores perdidos en el tiempo y a los que se pretende conquistar, a los parientes que no les hablaban ni para darles un pésame y a los que sí frecuentan a menudo, al grupo íntimo de colegas en el estudio, la carrera o profesión, por lo tanto, ese día no queda nadie sin saludar, seguramente.

Y el resto del año ¿cómo andamos de praxis en el amor y la amistad? Seguimos movilizando puntualmente estos nobles ejercicios que estimulan y levantan ánimos caídos, además de endulzar y enriquecer los espíritus, o ganan las obligaciones y el tráfago de ocupaciones que nos vuelven desmemoriados transitorios, situándonos en una fría indiferencia, o silencio, que generalmente justificamos porque traemos ‘agenda llena’.

A veces, hasta cometer el grave error de decirle a los amigos: “es que ando bien ocupado, por eso no te llamé”, como sugiriendo -imagino que sin querer- que los otros son unos desocupados, que ellos sí tendrían más tiempo de ocio como para llamar varias veces.  

El amor lo traemos puesto, porque venimos de él, los vamos empleando, aumentando y desarrollando conforme pasan los años y las circunstancias nos ponen a prueba para ejercerlo con todos, hasta con los que en apariencia no se lo merecen. En ocasiones lo brindamos a manos llena y otras veces lo dosificamos hasta conocer mejor a la otra parte. Solamente lo damos sin medida a nuestros padres, hijos y nietos, además de la pareja que nos acompaña y que seguramente es la coautora de tantos logros de formación familiar.

La amistad, aunque venga incorporada al amor, para mí es otra cosa. Hay que elegirla, conquistarla, trabajarla, corresponderla, comprenderla, debatir con ella los puntos en común y los otros, aquellos de opinión disímil, esos que son los más difíciles de llevar y con los que, finalmente, se consolida una amistad entre acuerdos y desacuerdos. Quizás unos de los méritos más significativos de la amistad es que ésta no se hereda, se selecciona con cuidado, amor y dedicación, se fideliza con los años que nos ponen el sello de inalterable, porque seguimos hablando y frecuentándonos con amigos que se vuelven del alma, después de muchísimos años de transitar y vivir juntos aquellos sueños, convicciones, luchas, amarguras, logros, humor, ironías, recuerdos, risas y llantos.

Haber enfrentado esos momentos perdiendo seres queridos y compañeros entrañables. Viendo con júbilo compartido, nacer nuevos integrantes en las familias, criando y educando hijos, preocupándonos el uno por el otro, solidarizándonos, apoyándonos y abrazándonos hasta el final de nuestros días. Agradeciendo a Dios por iluminarnos al haberlos escogido y subirlos al mismo tren donde todos unidos recorremos la vida, esta vida, que una vez más sostengo, vale la pena de ser vivida y si es con amigos construidos en el amor, mucho mejor.