Cualquier chispa es incendio. El diálogo es el remedio.

Por José Alfredo Ciccone

Iniciamos el año, en materia política, con los ánimos encendidos que ya vienen calientes desde el 2021. Parecería que ya pasamos del intercambio de opiniones a la discusión donde todos creemos tener la razón de manera taxativa, donde mágicamente nos apoderamos de la verdad absoluta y hasta juzgamos sin conocer a fondo a quienes criticamos.

En estos casos, como en muchos otros de la vida, la humildad pasa a ser un atributo exigible, junto con la paciencia y el sentido común, porque la verdad no puede ser reducida a un capricho, no es un instante, una ocurrencia o un madruguete, no se alcanza de una vez y para siempre. Hay que cambiar el grito aparatoso por el análisis edificante y propositivo. Promover lo bueno.

La construcción democrática de un país requiere de muchos esfuerzos en el que confluyen diversos puntos de vista y donde todos tenemos el derecho inalienable de expresar nuestras preferencias, exponer las críticas a las malas labores de un funcionario en particular o un gobierno en su conjunto, siempre y cuando tengamos pruebas fehacientes de lo que denunciamos, sino estaremos alimentando un clima hostil hacia una persona, institución o partido, sin que podamos medir el daño que hacemos. Estaremos proponiendo un clima a punto de ignición donde nadie saldrá favorecido y sí habrá muchos perjudicados en la escena, apagar un incendio provocado cuesta más que uno producido por accidente.

El hombre sobrepasa siempre al hombre, decía el filósofo, la libertad de pensamiento y expresión expande nuestro valor como seres humanos. Nos propone formas de ser más valiosas, aunque está en nuestra naturaleza que crezcamos en el disenso. Así, pasada la euforia de un triunfo momentáneo de la idea liberal, en camino hacia una consolidación en una democracia como la nuestra y como mejor ámbito de nuestras discusiones, reaparece el cuestionamiento judeocristiano.

No importa demasiado los milenios de evolución que podamos alcanzar, ni qué doctrinas sean tomadas como verdaderas en estos momentos, siempre existirá un lugar para los humanos, de preguntas que requieren respuestas y a veces no las tienen. Desde ese vacío, desde ese misterio, siempre vamos a ser cuestionados.

San Agustín decía: “trabaja como si todo dependiera de ti y ora como si todo dependiera de Dios”. Esta reflexión aplicada a un demócrata, lo invitaría a avanzar con el uso de su razón hasta donde pudiera, como si no hubiera más que eso y una vez allí, quedar abierto al cuestionamiento, porque éste viene de la zona misteriosa excitante que rodea y aprieta nuestra humanidad todos los días, en cualquier momento y en cualquier lugar.

Lo recomendable entonces es una sociedad abierta al diálogo, donde las personas dan y reciben a través de la comunicación, que –independientemente de los medios-, será la forma más civilizada, culta  y agradable de dirimir conceptos. La palabra diálogo quiere decir razón (logos) entre (día) más de uno; la razón aparece en el “entre” del acto mismo de conversar. Cuando nos entregamos al diálogo es porque nos sentimos, de alguna forma, menesterosos de la verdad; estamos dispuestos a dialogar sólo cuando ese menester es real, sincero, una auténtica sed de verdad. En caso contrario, no hay diálogo, no hay paridad de razones.

Así ocurre, generalmente, cuando dos personas discuten. Cada una de las partes quiere imponer su razón; no escucha al otro, sólo pretende ser escuchada. Quiere con-vencer a la otra parte y que ésta, haga o piense igual que ella. Entonces se trataría aquí de simultaneidad de monólogos.

En cambio, los interlocutores del coloquio verdadero, están espiritualmente dispuestos a ser convencidos, hasta crecer con la verdad del otro, a darse recíprocamente más perspectivas que la que antes tenía, en definitiva, el proceso dialógico resulta en un mayor enriquecimiento para las partes, que buscan esa verdad final, esa luz que guíe nuestros pasos intelectuales, ese sol verdadero a pesar de encontrarse siempre más allá, que siempre se verá vislumbrado después de una charla fructuosa y sincera.