Cronos en Celaya 

Por Daniel Salinas Basave

Ocurrió hace 106 años en la Semana Santa de 1915. Álvaro Obregón perdió un brazo, pero Francisco Villa perdió la División del Norte. Con epicentro en Celaya y réplicas en León y Silao, se enfrentaron los dos más poderosos ejércitos de la Revolución Constitucionalista.

Ya no se luchaba contra dictador alguno ni por banderas de justicia social y democracia. La única consigna era exterminarse unos a otros. Pura y vil lucha de facciones por el poder, como jaurías de perros voraces disputándose huesos carnosos.

La División del Norte de Villa llegó al Bajío con más de 22 mil hombres y el Ejército del Noroeste de Obregón con 15 mil. Los villistas apostaron por sus clásicas y temibles cargas de caballería, pero Obregón recurrió a una guerra de zanjas y trincheras (tal como al mismo tiempo se combatía en la Gran Guerra en el Viejo Continente).

Los combates del Bajío, que comenzaron el 6 de abril, han sido los enfrentamientos más cruentos y mortíferos de la historia de México (tal vez sólo la toma de Zacatecas diez meses antes sea comparable en número de bajas).

Más de 11 mil villistas tapizaron con sus cadáveres el campo de batalla. Obregón sólo perdió unos 2 mil hombres y su brazo. El general sonorense, que hizo del cinismo político una de las bellas artes, contaría después que la clave para encontrar su brazo en un campo sembrado de muertos, fue arrojar un centenario al aire para que la codiciosa mano cortada saltara a pepenarlo. “Yo soy el mejor candidato porque sólo tengo una mano para robar” diría Obregón años después en su campaña presidencial.

La historia de lo que pudo haber sido es ácida seductora: ¿Qué hubiera pasado de haber triunfado los villistas? ¿Cuál habría sido el destino de México si meses antes Villa hubiera fusilado a Obregón cuando lo tuvo en sus manos?

Lo cierto es que no creo exagerar si afirmo que en los combates de Celaya se forjaron los cimientos del México priista. Obregón y los sonorenses empezaron su camino cuesta arriba a partir de aquella sangrienta Semana Santa mientras Villa inició su imparable ocaso.

Nunca podría levantarse ni volver a ser el mismo después de esa derrota y su gloriosa División del Norte quedó convertida en una gavilla de bandoleros. Villa y Zapata acabaron siendo los mártires, la triste historia de lo que pudo ser, la nostalgia por lo que jamás sucedió, mientras Obregón y Calles se quedaron con el botín de un país en llamas y se cargaron a su propio mentor, Venustiano Carranza.

La canija historia oficial, siempre tan desconsiderada, puso a los enemigos íntimos a compartir la misma tumba bajo el Monumento a la Revolución en la Ciudad de México. En vida se acuchillaron por la espalda, pero sus despojos duermen juntos el sueño eterno.

La Revolución, como Cronos, se comió a sus hijos. Toda la historia de ese movimiento está escrita con sangre de traiciones. Hoy, 106 años después, con una maltrecha y amenazada democracia, los mexicanos se enfrentan en una desencarnada lucha de facciones en donde tampoco hay honor ni lealtades y donde Cronos devora sin piedad.