De copiloto contado los árboles

Por Ana Celia Pérez Jiménez

¿Alguna vez haz simplemente querido seguir y seguir? ¿Salirte del margen, salirte del carril, salirte de tu cuerpo, salirte de lo obvio y esperado, ser algo que a ti mismo te sorprenda?; lanzarte no para morir, sino para sentir la vida, sentir el aire, el frío en la piel, sentir el riesgo que nunca has tomado, engañar al destino un poco, hacer que la historia no se repita, salirte de la página y correr entre ellas para no ser leída y mucho menos encontrada, brincar y salir de la tierra y apreciar el universo, así libre, así llena, viviendo y sintiendo esa alegría que no te embargaba desde la niñez, pero es un sentir que nunca olvidas, es reconocerte en otro tiempo y en el mismo cuerpo burlando toda dimensión, burlando el mito de sí mismo.

Yo a veces quiero cambiarlo todo, mi propia predicción, mi tarot leído y pagado, quiero borrar las líneas de mis manos y dibujarme olas, dibujarme nubes, dibujarme llanto y en todo eso perderme como lo hago entre las almohadas de mi cama. Quedarme quieta, tan quieta y serena que pueda sentir mi corriente interna, mis lagunas, los ríos, los caudales, mi sangre en furia, en golpe, mi ser invadido de color y contraste y yo el huésped que lo tiene todo. Me muestro al mundo con timidez y él se muestra de vuelta con grandeza siendo él y yo abro mis pequeños ojos donde cabe todo, donde no sobra nada.

Me quedo ahí en la experiencia como si fuese la cima más alta que he subido, y me falta el aire y llega el mareo y suspiro, suspiro en melancolía, suspiro en tiempo perdido, me gana el llanto, pero para eso ahí estaba dispuesta a perderlo todo. Soy ese humanoide que juega a ser adulta, a ser una persona, a ser y listo; yo no viajo en el tiempo, eso me falta seguro, pero pisó palabras, brinco en enunciados, me sé poemas y los recito, me sé canciones y las canto. Me enseñaron todo esto y aprendí otro tanto, pero sé que me falta, no de lo que tengo sino de lo que no conozco. He encontrado mis límites, los ángulos de esta pecera, he nadado en su agua, he visto mi reflejo, así que actuó, danzo, dentro de la espera como el pez que no ha sido pescado, como el ser que se siente libre, como la tinta introvertida que Rorschach hizo que significara algo, como el hablador que por decisión propia tragó sus palabras para volverse mudo y no decir más nunca nada.