Contra la generación woke 

Por Daniel Salinas Basave

Acaso mi sentir en torno al toreo sea la muestra más plausible de la ambigüedad emocional que padezco frente al espíritu de la época que todo lo corroe.

Hace algunos años yo podía ser considerado como un opositor a la fiesta brava e incluso en los años noventa acudí a algunas manifestaciones anti-taurinas, sin embargo algo ha cambiado en mi interior.

Nunca he acudido a una corrida de toros y posiblemente nunca acuda a alguna en toda mi vida. El toreo no me gusta ni me gustará y sin embargo (por contradictorio que les parezca) creo que lamentaré sinceramente el día (cada vez más cercano) en que las corridas finalmente sean declaradas ilegales y desaparezcan.

¿Por qué? Acaso porque la muerte de la fiesta brava representará un peldaño más en el empoderamiento de una nueva inquisición a la que detesto. Pongo otro ejemplo: nunca he sido un fumador (sólo ocasional y por breves rachas) y sin embargo, pese a que el cigarro no es lo mío, me da un poco de rabia ver la hostilidad frente a los fumadores orquestada por el nuevo puritanismo.

Los enemigos del toreo y los enemigos del cigarro son los mismos imbéciles que desean censurar a Tom Sawyer, a Lo que el viento se llevó o a Pepe Le Pew; la misma caterva de neo mojigatos obsesionados con la comida vegana y el lenguaje políticamente correcto; los ridículos inquisidores empeñados en detectar vestigios de racismo, colonialismo o sexismo en caricaturas y canciones infantiles.

Hay algo en el espíritu de la época que apesta y es sobre todo esa moralina puritana que todo lo impregna y cuya respuesta frente a todo aquello que les indigna es cancelar, eliminar, anular o bloquear. Es la cultura de la cancelación o generación woke, una expresión que podría traducirse como “políticamente despierta”.

El desafiar y romper con viejas estructuras es inherente a la juventud. Qué bueno que haya millones de jóvenes con la ira y la energía para rebelarse y querer cambiar formas de pensamiento anacrónicas. El problema es que la cultura de la cancelación se ha convertido en una enemiga declarada de la libertad de expresión y en una censora más férrea e intolerante que un régimen tiránico.

Me emociona ver cómo la sociedad avanza y se vuelve cada vez más tolerante en lo que a libertades individuales respecta. Me encanta que una persona pueda expresar libremente sus preferencias sexuales y que exista la alternativa legal para que personas del mismo sexo contraigan matrimonio, pero de ahí a querer borrar de golpe y porrazo el estudio de la mitología griega por considerarla sexista o querer boicotear las canciones de Cri-Cri por contener supuestas expresiones racistas me parece una franca estupidez.

Herir la sensibilidad es una expresión que encanta a la hipersensible generación woke a la que hace falta muy poco para ofenderla y que parece aferrada a encorsetar a personajes del pasado en los valores y la moral de un intolerante presente. Vaya, no puedes juzgar a Hernán Cortés bajo los criterios éticos del Siglo XXI ni puedes pretender que un autor del Siglo XIX se rija bajo los parámetros de lo que para esta generación resulta políticamente correcto.

Borrar, cancelar, eliminar o pretender que algo no existe porque no se le menciona no me parece el mejor camino.