Conejillos de indias 

Por Daniel Salinas Basave

Escribo esta columna sobre la mesa del comedor, sentado a un lado de mi hijo Iker, quien interactúa con su grupo de quinto de primaria en el segundo día de clases virtuales. Conectados a través de Google Classroom, los alumnos y su maestra hacen su mejor esfuerzo aunque las interrupciones técnicas no tardan en presentarse. En la sala mi esposa Carolina recibe y hace llamadas laborales mientras redacta contratos.

Suponiendo que un pintor costumbrista nos dibujara, representaríamos un cuadro de época, el retrato típico de una familia de la clase media mexicana en el verano 2020. En millones de hogares en todo el país se representan escenas similares con pequeñas variaciones. Luchando por la vida a través de los juguetes digitales y siendo parte de un mundo en transición que avanza hacia un nuevo modelo de estudio y trabajo.

Encarnamos la imagen de una sociedad que intenta, como puede, sobrellevar el peor escenario contemplado en torno a una pandemia que ha sido enfrentada de manera errática por las autoridades. El escenario “más catastrófico” previsto por el subsecretario Hugo López-Gatell ya es real, pero ello no significa que hayamos tocado fondo y conscientes estamos de que las cosas aún pueden empeorar. Mientras tanto, plantamos cara a la adversidad e intentamos adaptarnos a esta nueva normalidad que de normal no tiene nada, preguntándonos cuándo este largo presente comenzará a ser historia.

Cuando José Vasconcelos fundó la Secretaría de Educación Pública en octubre de 2021, enfrentaba el reto de alfabetizar a un país devastado por una violenta revolución en donde un 80% de la población era analfabeta y donde no había existido hasta entonces un sistema educativo federal unificado bajo los mismos parámetros institucionales. Surgieron las escuelas rurales, las bibliotecas públicas, los libros de textos y el desafío de llevar la instrucción primaria a los lugares más apartados del país.

Tras 99 años de historia, la Secretaría de Educación enfrenta el que sin duda ha sido el mayor desafío desde su fundación: emprender el primer ciclo escolar a distancia en todo el país y lograr que más de 30 millones de alumnos puedan aprender a través de una pantalla, ya sea de televisión o conectados a internet. El detalle es que la Secretaría de Educación sigue enfrentando algunos de los problemas a los que Vasconcelos debió plantar cara en 1921.

Iniciando la tercera década del Siglo XXI, México aún tiene cientos de escuelas que sufren terribles carencias estructurales y de servicios, sin agua potable, sin energía eléctrica y con pisos de tierra. Todavía hay demasiados niños que deben recorrer largos kilómetros para llegar al plantel más cercano y que deben tomar clase mal alimentados o de plano desnutridos. Más allá de esas condiciones extremas, las evaluaciones diagnósticas revelan un deficiente nivel de la educación básica.

Si quisiera ver el vaso medio lleno y ponerle una dosis de optimismo al asunto, podría decir que el pandémico 2020 nos da la oportunidad de replantear (entre otras muchas cosas) la efectividad del actual modelo educativo y evolucionar de una vez por todas hacia una nueva era que permita un esquema mixto en donde el salón de clases virtual sea una verdadera alternativa, aunque no será nada fácil. Es difícil soñar con la total digitalización en un país donde hay escuelas sin agua. El mundo no es el mismo y la educación, por lo tanto, no puede seguir siendo la misma, aunque por ahora nos toca ser los conejillos de indias de un nuevo modelo que no acaba de nacer.