Con permiso

Por Ana Celia Pérez Jiménez

No quiero moverme le dije, desde esta comodidad que me embarga, podría, ¡sí! Y en eso está usted en toda la razón, pero no quiero y en ese querer no hay guerra alguna que logre activarme un solo dedo. Es que usted no entiende que desde aquí contemplo, desde aquí imagino, cosas que antes jamás había logrado y temo enormemente que si parto de aquí lo pueda perder todo, comenzando por esta posición optada por mí, la cual dure años en perfeccionar, seguido de justo el aire que pasa por aquí, cerrando con la luz que entra maravillosamente por acá; no pienso arriesgar la escena exacta que transcurre ante mis ojos o el aroma que recibo por las tardes.

Es que usted debe de entender que yo soy una persona, un humano cualquiera y mis exigencias no son muchas, me gustaría inventarme ahora mismo objetivos y metas para entretenerle un poco más y poder llevar una conversación rica en contenido, pero solo mentiría porque no las tengo; hace mucho tiempo que me regocijo en esta paz y rutina, hace mucho tiempo que me dejé el complejo de planeta, hace mucho más que me acepte como un simple mortal y a decir verdad la presencia de la muerte me da una vasta paz.

Es posible, ¡por que todo es posible! y que usted no me entienda, no hay mayor necesidad de mi parte de ser entendido y, por otro lado, que pereza esa de explicarme; eso sería querer lograr algún sentido de algo que precisamente no lo tiene. Tengo mucho sin andar detrás de definiciones, de lógicas y significados, ya que a decir verdad y en mi experiencia, no me han servido de nada; despierto igual que todos, duermo mejor que muchos, paladeo delicias y mi selección de recuerdos es muy propia, entonces, ¿para qué marcharme me digo y le pregunto? creo yo, porque todavía tiendo a creer, que usted es el que necesita algo, ¿qué? No lo sé, pero algo le inquieta de mi persona, de mi tranquilidad y quizá de mi suéter color mostaza que tantos me critican.

Vaya usted con Dios o con el diablo, con aquel que usted decida que es el culpable de eso que le dicta a venir hoy frente a mí y decirme que lo cambie todo; yo ya no estoy en la posición de realizar milagros, siquiera de intentar ser agradable, pero si quiere un café ese sí se lo sirvo. Sin embargo, si su encuentro aquí ha terminado, me despido, que mi tranquilidad sin nombre me aguarda, el arte de hacer nada me espera, como los diez días de mi semana, mis horas negociables y el meridiano de Greenwich.