Con la Iglesia hemos topado

Por Daniel Salinas Basave

danielbasave74@gmail.com

Con la Iglesia hemos topado Sancho, dijo don Quijote en una calle del Toboso. Con la Iglesia topa a cada momento la errabunda Historia de México, tan rica en mojigatos e inquisidores o en jacobinos y comecuras. Desde el primer bautizo celebrado en territorio mexicano en 1519 en la Isla de Cozumel, hasta la visita de Benedicto XVI a Guanajuato, la Iglesia ejerce a su manera su terrenal poder sobre el destino de esta nación. Partamos de la republicana Constitución de 1824, tan liberal y tolerante que establecía a la religión católica como la única aceptada en México. Demos un salto a la brillante generación liberal de 1857, donde el siempre católico Juárez se atrevió a enfrentar la omnipotencia eclesiástica secularizando sus bienes, lo que derivó en el baño de sangre de la Guerra de Reforma. Cabe destacar que todos los liberales juaristas, léase Ocampo, Guillermo Prieto, Lerdo de Tejada, Iglesias, eran católicos. El único con el valor de declararse ateo fue Ignacio Ramírez El Nigromante.

Hablemos ahora de la mojigatería jacobina del nacionalismo revolucionario, cuando Calles, Tomás Garrido y compañía hicieron del anticlericalismo a ultranza una fe dogmática llevada al extremo del ridículo cuando quisieron fundar la iglesia mexicana, lo que desató la cruel guerra cristera en 1926, minimizada y ocultada por el oficialismo priista y santificada por el yunque y los sinarquistas, que han hecho de los combatientes cristeros los mártires de su mitología. La hipocresía y el doble lenguaje del nacionalismo revolucionario imperaban aún en la primera visita papal en 1979, cuando José López Portillo debió guardar las laicas apariencias con Juan Pablo II.

Tres décadas después, los presidentes panistas caen en el otro extremo y muestran con desparpajo su vocación de mojigatos. Benedicto XVI vino a México y muy lejos estuvo de desatar la euforia colectiva vivida durante la visitas de Juan Pablo II. Por supuesto no tiene el carisma y el arrastre del polaco y a ello hay que agregar el desenmascaramiento del padre Maciel y los curas pederastas, que aunque se empeñen en negarlo, ha afectado la credibilidad del catolicismo. Claro, ello no opacó al iluminado Cristo del Cubilete, símbolo de la resistencia cristera y sinarquista, reivindicada y coronada por la visita papal.

Por lo demás, pocas cosas han cambiado. El papado, sea Benedicto o Juan Pablo II, significa poder, guaruras, boletos VIP, reuniones con candidatos y empresarios, millones de pesos gastados. Por mi parte, empezaré a creer en la honestidad del Vaticano el día que un pontífice acuda en silencio y de incógnito, sin prensa ni reflectores, a compartir la comida con los más pobres de los pobres, con los habitantes de nuestros sótanos, los eternos despreciados. Vaya, me gustaría ver a un papa compartir los alimentos en el desayunador del Padre Chava, caminar por la canalización del Río Tijuana entre los migrantes deportados y los adictos a la heroína, estrechar manos en las cuarterías de la Zona Norte. Sí, a veces es divertido soñar con lo imposible.

*El autor es periodista y ganador del premio Estatal de Literatura categoría Ensayo.