Como llegué y ya estoy aquí 

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Tantas veces quise ser otra mujer, ¿saben? Una más fuerte, más valiente, elocuente, de esas que dicen palabras precisas y actúan exacto a lo que piensan pero, ¡no! Admito que por muchos años y en muchas situaciones fui muy cobarde, miedosa como si le debiera algo a la vida, dormida entre palabras y hubieras, acciones a las que nunca llegué, verbos que nunca proclamé, actos que sólo imaginé una y otra vez en mi cabeza, con diálogos tangibles.

A veces era fuerte en mi mente, en mi cuarto, entre libros, recitando poemas, gritando canciones, era la fuerte en mi hábitat, libre y única. Una vez saliendo del portón de mi casa, la historia cambiaba me sentía expuesta; era el mundo, era lo que yo no reflejaba, la expectativa que no llenaba, el estándar de belleza al que no calificaba. ¡No era suficiente! Pensaba, ¡no era como todas!, me decía.

Es que cuesta tanto ser mujer, cuesta llevar una lista de pendientes, de ser y de hacer, el mundo en los hombros, las ilusiones por los suelos. Un buen día me dolió tanto la vida que mi única opción fue el ir hacia delante, enfrentar al enemigo, decir esas palabras, ser la heroína de la película, actuar en violencia y en nombre de ella, con los ojos llenos de llanto, romper la barrera entre el espacio y mi puño; y debo de admitir que no todo sabía cómo pensaba que lo haría, me dolía, me dolía la vida, me dolía estar viva, me dolía la memoria y ante todo el dolor, seguir viva.

Y en esa continuación de días, de a poco me fui recuperando, recuperé más de lo que había perdido, distinguí quien soy yo, que soy yo; yo y el mundo, yo y los adjetivos, yo y mi mundo, yo y al final de todo yo, yo siempre contenía, liberaba, sobrevivía, diferente, pero lo hacía, lo hago.

Dejé de recibir las palabras que no me entraban, dejé de frecuentar lugares y personas porque me lastimaban en consecuencia y otras veces en atento directo. No necesitaba la aprobación de nadie, yo acababa de pasar mi propia prueba, de esas que pensé que nunca sería capaz, de esas que te hacen voltear ligeramente hacia atrás y sonreír un poco, porque también es válida la sonrisa, porque también hay que dar espacio a una que otra victoria.

No todo se muere, pero eso que sobrevivió es lo más fuerte, mi pilar, mi corazón, mi razón, mi esencia no duplicable. Esta mujer que está llena de ella no cualquiera la tumba, he crecido y he sido tanto, he aprendido lo que debía y todavía me queda un largo camino, pero he aprendido del otro, de los otros, del observar y últimamente del actuar.

Me he tragado palabras desde que ando en las calles y las he saboreado todas, desde que encontré a otras como yo, desde que a gritos salen mis penas, mis miedos, las injusticias y hacen poemas en el aire de mi ciudad, de mi ciega ciudad, de mi sorda ciudad, de mi negada ciudad, que tiembla en sus entrañas al escuchar nuestros pasos que en unisonó se acercan, no saben qué hacer con el coro, no saben cómo volver a dormir a las despiertas.