Como cuando escribes con lápiz 

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Cuando mi día no ha sido mejor que otros, digamos que amanezco como apagada, quizá como un bulbo flojo y es como si no estuviera, no soy y la vida no me sabe a nada como cuando se ha quemado la lengua. Pero es un día a vivir, una capoteada que atravesar y a veces me encuentro forzada hacer lo que debería o lo que ya no puede esperar.

Lavar la ropa que se desborda del canasto, llevar las tazas de café acumuladas en mi cuarto a la cocina y no sólo dejarlas allí, sino lavarlas, contestar correos electrónicos, pequeñeces para las que no tengo fuerza o quizá menos ganas. Es como si un día totalmente ordinario me invita a pasarlo a ciegas y admito que hace que me enfoque en otras peculiaridades, pero eso no lo hace mejor, y las horas son otra cosa, un poco más cargadas, más lentas, más quejosas. Debo de admitir que el encierro ha estado trabajando sin darme cuenta, me está cambiando, me está filtrando dejando su huella.

Las paredes incuban a la mente y veo que mueren en mí las conversaciones no nacidas, con tonos tan interesantes en el monólogo diurno. Por otro lado, porque siempre hay uno, un nuevo jardín de ideas está creciendo, como esas flores silvestres que no entiendes cómo nacieron y cómo sobrevivieron, así tantas ideas, el izquierdo de mi cabeza encontró por fin su propia primavera.

Hay días difíciles, no como un examen de matemáticas o el despeje de una fórmula, hay días que son humanamente pesados y hay que andar por ellos, no veo de otra. Los sentimientos ahí todos tan confundidos, mezclados, mintiendo para no resultar culpables y yo les creo de principio hasta no indagar en lo contrario.

El aislamiento nos ha traído todas las versiones de la soledad, incluso esa que llega acompañada y no lo protesto. Un día más del año me digo como jugándola a engañarme como siempre lo hago y funciona.

Está bien admitir cuando te sientes menos fuerte o no tan capaz, es ser sincero, descansar, darte el espacio y energía para recuperar lo que se esté drenando, aunque mucho de eso no lo puedas percibir o siquiera notar. El cuerpo puede ser más astuto que el pensamiento, el instinto más rápido que el intelecto. Hay días y hay días, y no queda más que vivirlos en la experiencia individual, sin expectativa para no matarlo, sólo atravesarlo.

Compartir
Artículo anteriorSalvar el turismo
Artículo siguienteListos o no…