Colmar

Por Ana Celia Pérez Jiménez

No siempre puedo todo y eso está bien me digo, supongo y creo que a todos les pasa y ha pasado o tal vez soy yo escribiendo eso buscando encajar o sentir un eco.

Hay momentos que siento que cargo tanto no físicamente, pero sí dentro de mi cabeza, ese motor dialéctico que no para, que se confunde en que lo sabe todo y no siempre lo contiene todo. Y ahí ando por el día, por mi casa, por la vida tan llena, así como muerta metafóricamente en algún otro lugar, así como me podría aterrizar cosas de donde pudiera aprender, saturada entre sílabas.

Tengo mis momentos en los que leo y devoro libros, y me confundo entre palabras que no uso y rebusco en el diccionario, de ideas tan abstractas por mentes privilegiadas que estuvieron alguna vez por este mundo, y ahí siento la diferencia y me encuentro tan ordinaria y a la vez bendecida de no tener dudas tan grandes, preguntas tan elaboradas, talones de Aquiles de aquellos que perecen. Y yo tan viva o al menos eso creo, y tan llena y llena de nada en concreto, de burbujas que protegen mis sentimientos frágiles y otras chatarras que apenas me doy cuenta que no deberían estar en mis archivos justo al lado de mis más preciadas memorias.

Hay cosas que no he olvidado, que ahí tengo, como un tipo archivo de impuestos, si en ciertos años no los necesito los dejaré irse al olvido, donde tengo la historia de Mesopotamia, algunas relaciones escurridizas y otras capitales.

Me dicen que meditar es una buena idea para despejarme, y hay días que lo hago… no, miento, no días, solo momentos donde me recuerdo que eso puede ser un remedio, de alguna extraña forma caigo en la definición de locura, pero ya estoy cachando y creo que ese es un paso importante, y lo ha sido en todos mis descubrimientos importantes de mi misma, el darme cuenta, el ponerle el dedo en el segundo exacto y abstraerme y verlo todo.

Estoy a bordo de mi persona, pero hay mucho ruido y mucho tráfico en ciertos días, en ciertos días dependiendo la temporada.