Colegas, colegues o colegos 

Por Daniel Salinas Basave

Cuando me dirijo a un grupo o un auditorio yo suelo llamarlos colegas. También suele ser mi forma de dirigirme a un desconocido. Poco importa que practiquemos el mismo oficio. Para mí somos colegas por el solo hecho de estar vivos y respirar. Muchos años después, caigo en cuenta de que mi manera de dirigirme al mundo no podría ser censurada por los defensores del lenguaje incluyente, pues no existe la expresión colegos aunque a estas alturas del juego me pregunto si no querrán obligarme a pronunciar colegues. Tampoco es tan improbable.

Las lenguas son entes vivos, ríos cuyos cauces pueden bifurcar con su afluente o desembocar a un mar. Las lenguas no son entes pétreos e inmutables. Todo el tiempo están cambiando. ¿Cómo nació el español? Como una jerga de frontera entre el mundo castellano y mozárabe donde había elementos romances de latín vulgar y expresiones arábigas con vestigios visigodos. Claro, el español del Cid o el Arcipreste de Hita se parece muy poco a lo que hoy hablamos, como sin duda nuestra jerga del Siglo XXI tendrá muy poco que ver con lo que se hable dentro de 500 años.

Una lengua no nace o se impone a priori por decreto. Ahí está el rotundo fracaso del esperanto. Nuestra riquísima diversidad dialectal nace de la costumbre o la comodidad, no del dogma. A menudo las jergas de juventud acaban por transformarse en lenguaje de uso común. Por ejemplo, los jóvenes de los sesenta no impusieron a chaleco el “qué onda güey” y hoy es un saludo que se repite millones de veces al día entre gente de todas las edades.

Ahora bien, aquí viene la pregunta que encarna el meollo del asunto ¿el lenguaje incluyente se volverá de uso común? Por lo que a mí respecta será interesante fungir como un curioso e imparcial observador del fenómeno. A menudo las deformaciones lingüísticas irrumpen sin avisar y se van dando de manera natural.

El lenguaje incluyente no es sólo una cuestión generacional que enfrenta una jerga de jóvenes contra el habla formal de los viejos, sino que acarrea consigo un credo, una declaración de principios y eso es lo novedoso del fenómeno. Cuando tú pronuncias todes, elle o compañere estás enarbolando una bandera, pronunciándote como firme creyente de una ideología. ¿Se mantendrá como un lenguaje sectario o logrará imponerse y convertirse en la lengua de uso común y mayoritario? ¿O acaso la humanidad se partirá en dos grandes bloques lingüísticos enfrentados entre sí?

Yo rechazo a priori todo lo que se intenta imponer por decreto o dogma. No tengo inconveniente alguno en referirme a alguien como compañere si esa persona se siente más cómoda al ser llamada así. Los problemas empiezan cuando me quieren imponer algo a chaleco. El grave problema con la generación woke es que se victimiza y en nombre de sus sentimientos heridos recurre a la cancelación e imposición y dudo mucho que una jerga esencialmente dogmática pueda ser encorsetada en el habla común y metida como zapato a la fuerza.
En cualquier caso me declaro un observador que mirará con sumo interés la progresión de este fenómeno, aunque si de apostar se trata,  todo indica que hablaré como hablo ahora hasta el último día de mi vida.