Civilidad

Por David Saúl Guakil

Comienzo mi artículo con esta palabra que parece olvidada en los tiempos de contiendas políticas que nos toca vivir, este vocablo que nos habla de sociabilidad y urbanidad, entre otros conceptos que bien podrían llegar hasta el comportamiento de las personas que cumplen su deber como ciudadano y respetan las leyes, además de preocuparse por el bienestar de toda la sociedad. Toda esta amalgama reflexiva encierra el civismo, pero a veces no lo recordamos debidamente y utilizamos otras actitudes que pueden llegar a lastimar el honor de las personas y no nos damos cuenta de ello.

En el fragor de la lucha que se siente en las precampañas lanzada por los tres principales partidos -en alianza con otras fuerzas políticas-, noto con decepción que se está utilizando un lenguaje poco claro, confuso en ocasiones y agresivo en el tono y las palabras mal aplicadas -el ejemplo de la utilización, en un discurso reciente, del término “prietos”-, encendió una hoguera absolutamente innecesaria en el contacto con el elector que hoy, más que nunca, exige una comunicación más directa y de altura, sin tantos matices o vueltas innecesarias que entorpezcan el mensaje final y mucho menos con ataques que pueden llegar a ofender y donde pocas cosas se pueden comprobar aunque se afirmen al calor de la lucha por el elector, o en el afán por desprestigiar a los otros actores políticos.

Las ofertas son tan variadas como interesantes para el análisis final antes de tomar una decisión en las urnas, las campañas propiamente dichas comenzarán hasta el último día de marzo y ahí tendremos la oportunidad -y la obligación como ciudadanos-, de revisar cuidadosamente cada plataforma presentada por los candidatos, exigir que lo que prometen sea viable, o por lo menos que no rayen en la fantasía o el desconocimiento de un país, un estado, municipio o distrito. Es imprescindible que los candidatos conozcan, tanto el terreno que tienen la obligación de recorrer, como a la gente donde pretenden gobernar, esto suena básico pero no lo es, si tomamos en cuenta la cantidad de propuestas fallidas, fracasos políticos y malos gobiernos que, pudo experimentar en los últimos años toda la sociedad de nuestro país, por desconocimiento o apatía de esos gobernantes.

Dice el talentoso Joan Manuel Serrat: “harto ya de estar harto ya me cansé”, y creo que vale la pena analizar esta acertada frase desde el ángulo de la gente -la gran mayoría-, estudiosa, trabajadora y decente de nuestro México, que cuando elige alguien para que lo gobierne, lo hace con la fe y el entusiasmo puestas en una mejor vida para su familia y sus conciudadanos. El problema se gesta cuando no son satisfechas esas expectativas, entonces sí sobreviene el desengaño, la decepción, la incredulidad y el descrédito a cualquier ‘color político’ y esa falta de cumplimiento, ese error, lo termina pagando el genérico, es decir, la política; porque se van acumulando cada día más, ciudadanos que no creen ya en nada ni en nadie y eso es triste para el país y la democracia que finalmente construimos entre todos.