CELAC: Entre dos fuegos

Por Manuel Alejandro Flores

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y caribeños (CELAC) fue creada en febrero de 2010 por iniciativa del Gobierno de México, para reunir a mandatarios de los 33 países de América Latina y el Caribe en un espacio de diálogo y concertación política. El panorama cambió radicalmente de aquel México gobernado por Felipe Calderón al actual gobernado por Andrés Manuel López Obrador.

En política no hay vacíos. Los nuevos paladines de la democracia fueron principalmente el presidente de Uruguay y el de Paraguay que denunciaron abusos a derechos humanos en Venezuela, Nicaragua y Cuba, que expresaron su repudio por la persecución y encarcelamiento de enemigos políticos, que recordaron que los propósitos de la CELAC fueron fortalecer el espíritu democrático de los pueblos latinoamericanos y caribeños y no el autoritarismo. El presidente de Paraguay fue más allá: “Mi presencia en esta cumbre, en ningún sentido ni circunstancia, representa el reconocimiento al gobierno del señor Nicolás Maduro”, lo dijo con todas sus letras desmarcándose de este halo triunfalista del presidente de Venezuela en cuanto a la presencia de mandatarios de izquierda en la cumbre.

Aquel país que en el año 2000 maduró y se atrevió a la transición democrática por la vía electoral y pacífica, que a pesar de todo logró y crecimientos sostenidos en su economía por casi 25 años (promedio del 2% anual), que creó instituciones en aras de acotar el uso desmedido del poder y que fortaleció su sistema democrático electoral para lograr dos transiciones del poder político federal y que en distintos foros internacionales defendió a capa y espada su incipiente democracia y la de otros pueblos por considerar que ese modelo político es el que respeta mejor las libertades de las personas, es hoy, un país ideologizado por la izquierda.

Que admira al dictador de Cuba y trata con especial deferencia al de Venezuela. Que justificado sobre la política de la “no intervención”, se acobarda ante las violaciones, autoritarismos, demagogias y caudillismos de gobernantes que tienen a sus pueblos cada vez más jodidos. Y México parece querer sumarse a esta ola.

Parece no importar que Estados Unidos es nuestro principal socio comercial y que la economía de muchos sectores en el país depende de la buena relación con la potencia más grande del mundo, parece que esas calenturas de la izquierda radical llegaron para simular que el pueblo feliz tiene un gobierno eficaz y que nadie se dará cuenta de las tropelías y desatinos en los temas que nos afectan a los mexicanos. Como bien señala Lilly Téllez, actual senadora de la república, tenemos en México hoy al Club de Edecanes más caro de toda la historia del país.

Lo que ocurrió en la CELAC nos deja a millones de personas en medio de dos fuegos: El que destruye o el que brinda su calor de esperanza para una vida en libertad que parte de los principios de la democracia. El fuego destructivo de la izquierda, representada por Maduro, Díaz-Canel u Ortega y en donde podríamos ir agregando al de López Obrador, que dividen, destruyen economías, usan el populismo como su recetario de soluciones sencillas para problemas complejos, les gusta ser autoritarios e impositivos respecto a su visión del mundo y del gobierno y bañan con su ideología y sus ídolos a todos y a todo produciendo lo que ellos creen que es respeto pero que en el fondo es miedo o el fuego de la democracia que representamos los ciudadanos libres, que podemos elegir a nuestros gobernantes, que podemos exigirles que cumplan sus promesas y que nos lleven a mejores niveles de vida por medio de programas efectivos de salud, seguridad, educación, economía. La democracia compleja que implica diálogo y consensos, acuerdos y desacuerdos pero que al final es la mejor ruta para respetar la dignidad de las personas, su libertad y posibilidades de progreso. Debemos en México pararnos del lado correcto de la historia. Debemos enmendar el rumbo que nos está llevando a ese fuego que quema y destruye.