Cazador de liebres y bisontes 

Por Daniel Salinas Basave

Esto de buscarse la vida yendo a la caza de premios literarios tiene el espíritu de los galleros que van de feria en feria soltando a sus gallos a pelear en improbables palenques. También nos parecemos en algo a los jugadores de póquer o a los cazadores de recompensas. Al igual que los tahúres, nos encomendamos a la malicia, el colmillo retorcido pero sobre todo, al azar. La aleatoriedad y sus caprichosas leyes ponen mucho de su parte a la hora de ganar o perder un certamen.

Los concursos literarios son antiquísimos. Si le hacemos caso al capítulo XVIII de Don Quijote, ya en el Siglo de Oro español había justas literarias. Así como los caballeros se enfrentaban con sus lanzas, escudos y caballos, los poetas ponían frente a frente sus sonetos. Todo hace indicar que ya en aquel tiempo estaban los premios bajo sospecha. El primer premio se lo lleva el favor o gran calidad de la persona; el segundo se lo lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser el segundo, y el primero a esta cuenta será el tercero, escribe Cervantes. Las justas literarias solían organizarse con motivos de ferias o festividades religiosas y en ellas convergían autores primerizos e inexpertos pero también algunos consagrados como Lope de Vega, Quevedo o el mismo Cervantes.

Se dice que los certámenes literarios más tradicionales eran los de Zaragoza y Huesca que se celebraban desde el Siglo XVI. La tradición se ha mantenido a lo largo de los siglos, porque al menos en el  mundo de habla hispana, España es el país que cada año abre más convocatorias a premios literarios de todos  los tamaños seguido de México. El universo de los premios es vastísimo, diverso y contrastante. Tenemos humildes concursos en donde el botín es un diploma, un lote de libros o la simple publicación del trabajo ganador, pero tenemos otros, como el Premio Planeta, donde el ganador se lleva 600 mil euros.

Hay un montón de certámenes con pagos apenas simbólicos y unos cuantos cuya bolsa supera los 100 mil dólares. Entre ellos hay una vasta media tabla en donde se puede ganar un monto que si bien no te convierte en millonario, sí te resuelve uno o dos años de vida. Hay premios como el Herralde que sin ser un derroche en lo económico (18 mil euros) marcan un antes y después en una carrera literaria y otros que simplemente engordan la cartera del ganador pero poco o nada influyen en su carrera. Un cuento del escritor chileno Roberto Bolaño llamado simplemente Sensini, narra la historia de un viejo escritor argentino en el exilio que pese a haber vislumbrado un destello de  consagración con una novela, sigue siendo un asiduo concursante en pequeños certámenes municipales. Poquísimos escritores pueden vivir de las regalías generadas por sus obras y las grandes becas suelen ser para una hermética cofradía. Así las cosas, a menudo la única posibilidad de sacar sangre de la roca habita en esos redondeles de gallos literarios en donde talento y azar suelen verse las caras. Hay que atreverse a salir a cazar y los verdaderos cazadores, van por liebres y van por bisontes.