Catorce años

Por Dianeth Pérez Arreola

El 27 de abril celebramos mi esposo y yo el catorce aniversario de la noche que cambió nuestras vidas. Yo estaba en aquel día de 2003 con mis amigos de la maestría en un bar cubano en Madrid, cuando los vimos. Que los tres eran extranjeros, o mejor dicho, no latinos, era tan obvio como si hubieran traído un letrero de neón en la cabeza.

No era que fueran rubios, creo que destacaban por no moverse al ritmo de la salsa. Lo que hacían era más parecido al movimiento de alguien que tiene molestias por las hemorroides en público, y eso combinado con la sonrisa de sus rostros, no era fácil de ignorar.

Comencé a hablar con el que hablaba español, y luego en inglés, el resto de la noche, con quien sería mi futuro marido. Al terminar la maestría ya no regresé a México, me fui a Ámsterdam a vivir con él tras cinco meses de conocernos. Siempre dije que si me casaba, mi príncipe azul debería cumplir tres criterios: no ser gϋero, saber bailar y ser más alto que yo, que mido 1.80. Sobra decir que ninguno de los tres se cumplió, pero no han sido impedimento para darme cuenta que de todos los hombres sobre la tierra, solo él era el correcto.

Nos casamos tres años después, en 2006. Dos años más tarde llegó nuestra primera hija y seis años después la segunda. En casa hablamos español, holandés e inglés.

Lo único malo de todo es que mi lado profesional me ha faltado todo el tiempo. Para ser periodista en Holanda hay que hablar y escribir perfecto holandés. Mis amigas y primas en México dicen que serían felices si ellas pudieran estar en casa sin trabajar, dedicándose a sus hijos.

Dicen que nunca se puede estar bien en todos los aspectos; cuando no es el familiar o el profesional, es el personal el que falla. Ya sé que el hubiera no existe, pero me pregunto qué hubiera pasado si hubiera regresado a México al terminar la maestría, como seguramente todos nos preguntamos alguna vez qué hubiera pasado si al llegar a una bifurcación en nuestras vidas hubiéramos tomado el otro camino.

Casarme nunca estuvo en mis planes, lo que yo quería era trabajar 16 horas al día y ser directora de un periódico. No marido, no hijos. Dicen que la vida nos pone donde debemos estar. ¿Fueron las cosas de esta manera para mostrarme lo que quería perderme?

A veces pienso también lo que mi yo actual le diría a mi yo de septiembre de 2003.  ¿Vete, o no te vayas? Aparte del lado laboral, me he perdido de muchas cosas: bodas, funerales, cumpleaños, carnes asadas sin ningún motivo y miles y miles de tacos.

Pero no me malinterpreten, esto a pesar de los tacos perdidos no es un testimonio de arrepentimiento. Asumo la responsabilidad de mis decisiones y gracias a ellas es que tengo la oportunidad de conocer otra cultura, otro idioma, otro pedazo del mundo. Tengo dos hijas y un hombre maravilloso a mi lado que sigue sin poder bailar pero que en cambio ama a los tacos tanto como a mí.