Catástrofes y corrupción

Por Claudia Luna Palencia

Sin lugar a dudas, la pandemia, ha dejado al descubierto todo lo que en silencio y por décadas sabíamos: somos muchos en este planeta, mal distribuidos y mal gestionados por líderes gubernamentales en su mayoría incapaces para tomar las decisiones correctas no solo para atender los problemas del momento sino, fundamentalmente, para prevenir y anticiparse a los del futuro inmediato.

Algunos otros incidentes antes de la irrupción del SARS-CoV-2 en la aldea global, que pasó de ser una epidemia en China a una pandemia, habían dado ya señales claras de lo rebasados que estamos en general los seres humanos para enfrentar una catástrofe.

Lo hemos visto con gravísimos percances nucleares como el de Chernóbil en 1986 o el de Fukushima en 2011; erupciones volcánicas con consecuencias terribles como la del Monte Pelé, en Martinica en 1902, que dejó 30 mil muertos o el Nevado del Ruiz, en Colombia, en 1985 con un saldo de 23 mil fallecidos.

Como han acontecido otras calamidades con los terremotos de los que México y Japón saben bastante, porque los padecen en sus carnes, pero sucede en otras regiones igualmente: el terremoto del Océano Índico, de diciembre de 2004, que golpeó principalmente a Indonesia y a Sumatra, dejó 230 mil 270 personas muertas.

Tampoco podemos obviar los tsunamis cada vez más frecuentes, ni los tornados, huracanes y muchas manifestaciones violentas propias de la naturaleza; y allí están, en la misma naturaleza, las bacterias y los virus que son grandes amenazas.

Muchas veces me he preguntado, si esta pandemia fuese de viruela, por ejemplo, en qué punto crítico nos encontraríamos. De hecho, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos con sus aparatos de Inteligencia y Defensa elaboraron sendos estudios que ubicaron el nivel de desprotección de la nación norteamericana.

Uno de esos puntos críticos tiene que ver con una guerra química y biológica, tanto el Pentágono como la CIA, elaboraron planes de seguridad temiendo un ataque de viruela; esa fue una de las razones por las que, Tommy G. Thompson, secretario de Salud, en octubre de 2001 negoció con cuatro laboratorios la producción de 300 millones de vacunas contra la viruela para tenerlas en stock ante cualquier eventualidad.

Los flancos de vulnerabilidad en la Unión Americana son perfectamente extrapolables para todo el mundo porque la naturaleza no conoce de fronteras, límites o de patrias; es violenta y destructiva per se.

La circulación y expansión del coronavirus ha sido la lección más clara y real que hemos vivido jamás; y lo único que hace es remarcar nuestras enormes fragilidades.

A colación

Fragilidades asimismo, extrapolables para todo el mundo: ni países pobres ni más desarrollados ni los más altamente industrializados tienen hospitales y personal médico suficientes para cubrir, por ejemplo, al 70% de su población.

Tampoco hay medicamentos para todos ni siquiera oxígeno, es bastante preocupante lo que acontece en India, la gente enferma no solo por coronavirus alguna otra urgida de oxígeno porque también hay patologías por atender así como accidentados que están muriendo por falta de oxígeno.

En Brasil, no hay anestésicos, tienen que ser importados desde Portugal y están a días de entrar en la misma vorágine que India, de quedarse los hospitales sin oxígeno.

Y la vacunación avanza a cuentagotas, no llevamos ni la mitad de la población mundial inmunizada y hay naciones del tercer mundo que las reciben de una por una, una inquietante suma de decenas mientras que países industrializados se dan el lujo de tirarlas a la basura, desperdiciarlas y hasta almacenarlas.

Me parece indignante que durante tanto tiempo, el dinero de los impuestos de los ciudadanos, todos, se haya utilizado para engordar el bolsillo personal de muchos gobernantes en detrimento de no invertir en salud pública; en transporte público; en escuelas públicas; en universidades públicas; en infraestructura sanitaria, potable, de vías, puentes, carreteras o en transporte público.

Todos nos han robado vilmente: mientras los puentes se caen, el metro colapsa, los hospitales públicos mandan a la gente a morir a sus casas. No puede permitirse más este vilipendio.