¿Castigos ejemplares?

Por Dionisio del Valle 

A finales del siglo diecisiete un grupo de insensatos intentaba acatar, sin el menor empacho, una ordenanza real de la Corona española: que fueran arrancadas de cuajo las cepas plantadas en el Nuevo Continente para evitar daños al comercio vinícola peninsular. Por fortuna el peligro se conjuró, ya que nunca se puso en práctica tan aberrante pretensión. Sin embargo esta anécdota es solo el comienzo del tortuoso camino que han recorrido quienes intentan hacer de la industria del vino en México lo que otros ya han logrado en países que empezaron después y, a veces, en condiciones menos favorables.

El mensaje del rey era claro y contundente para sus súbditos recién llegados a la América ignota: Nada que perjudique a la Península y todo lo que de allá podamos obtener para el engrandecimiento de la Patria del conquistador. 

Trescientos años después, ya como el país que somos, se promulga en el año de 1980 La Ley del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios, versión moderna y, aceptémoslo, un poco menos descabellada que la ordenanza referida. Esta ley de tan rimbombante nombre tiene un carácter correctivo ya que grava, según sus propias justificaciones, actividades que generan efectos sociales negativos. De la redada fiscal no se salva el vino ni cualquier bebida con contenido alcohólico y se les castiga con un arancel extraordinario, el famoso IEPS.

Para que juzguen ustedes donde colocan quienes elaboran las leyes al vino, les platico, por si no lo saben, que también la gasolina, el tabaco y las sodas o refrescos son objeto de esta carga adicional.  De la primera nos queda claro que, siendo un combustible natural, al ser utilizado genera contaminación de manera independiente a la forma en que sea liberado. El segundo, porque es potencialmente cancerígeno, ni duda cabe y los refrescos porque contribuyen a que nuestro país sea el primer lugar en obesidad a nivel mundial.

Paradójicamente el dinero que se recauda no se destina a atacar los problemas supuestamente detectados, sino que son la salida más fácil a los dos grandes males que aquejan nuestro sistema recaudatorio: la corrupción y el despilfarro, por una parte y la enorme economía informal que crece, día con día, en este país. Cosas de nuestro sistema fiscal. La gasolina y el tabaco tienen remedios alternativos: los combustibles la energía solar y, en algunos casos, la eléctrica. Los cigarrillos el ejercicio.

Pero el vino, que es un alimento, no tiene sustitutos ni representa la amenaza que los hechos inferidos en la famosa ley se argumentan. Veintiséis y medio por ciento de impuesto especial además del dieciséis por ciento de IVA, significa asestarle un golpe demoledor a una industria que merece un mejor futuro.

Sabemos que la ley también le pasa su factura a los vinos importados. Existen aranceles tributarios de importación y el mismo IEPS se aplica para las empresas que importan vinos a nuestro país. No se busca un régimen de excepción ni proteccionismos paternalistas para la industria local, solo un trato justo y diferenciado en términos de cuidado e incentivos para que crezca y se consolide.

¿Se trata de recaudar sin perjudicar? Pues lo primero que se debe entender es la mecánica de esta industria, por un lado y adoptar, por otro, las buenas prácticas de los países en los que el vino es industria grande e importante. Fustigar al vino de la manera en que se hace es una sinrazón. Se inhibe el crecimiento de la industria local, se premia a los importadores de vino masivo o a granel, extranjero, por supuesto y se espanta a los consumidores potenciales.

El IEPS podría cobrarse sobre costos de producción y no sobre precio de venta con la intención de fomentar las inversiones en el sector. Los productores españoles, franceses, chilenos, argentinos y australianos han venido construyendo un sistema inteligente, con apoyos directos e incentivos a la exportación de vinos en los que se maneja con claridad y transparencia el destino de los recursos.

Aun así, navegando a contra corriente, los viticultores mexicanos tienen ganas y saben lo que hacen. Vamos a revertir los absurdos criterios legales que dan como resultado que el vino mexicano sea más barato en el Wine Bank de San Diego que en las tiendas mexicanas. ¿O no me creen?