Carlos Fuentes: En la Región más transparente

Por Pedro Ochoa Palacio

A Silvia Lemus

El próximo 15 de mayo el mundo cultural hispanoamericano recordará el fallecimiento del escritor mexicano Carlos Fuentes, acaecido en 2012. México ha sido un país de extraordinarios narradores con obra reconocida universalmente; tan destacados como Mariano Azuela (Los de abajo), Martín Luis Guzmán (El águila y la serpiente, La sombra del caudillo). Más adelante, de manera muy señalada, Juan Rulfo (Pedro Páramo y El llano en llamas) y Juan José Arreola (La feria); el ensayista es Alfonso Reyes, que, para Jorge Luis Borges, es uno de los mayores escritores universales del siglo XX. Se podrían sumar Rosario Castellanos (Balún Canán), Elena Garro (Los recuerdos del porvenir), Fernando del Paso (Noticias del imperio), Sergio Pitol (Domar a la divina garza), José Emilio Pacheco (Las batallas en el desierto), Hernán Lara Zavala (Península, Península), entre otros.

Carlos Fuentes (1928) no sólo es un buen narrador, es un innovador del lenguaje: sus personajes están construidos desde adentro, los planos temporales se entrecruzan en un poderoso enjambre y la combinación de palabras hace que se escuchen con texturas diferentes, o con esa singular segunda persona en la polémica novela Aura (1962), que atrapa al lector desde las primeras líneas a la historia. Escribió más de 50 libros, entre los más representativos las novelas La región más transparente (1958), Gringo viejo (1985), Terra Nostra (1977) y los libros de ensayos Tiempo Mexicano (1971) y El Espejo Enterrado (1992).

Fuentes es la voz mexicana del boom latinoamericano, movimiento que en los años sesenta lanzó la literatura de América Latina al resto del mundo; después de haber repetido los cánones europeos, pasando por las vanguardias y la literatura revolucionaria, los escritores del boom expusieron una visión moderna de la realidad contradictoria de sus respectivos países de carencias ancestrales y opulencia cosmopolita de tal manera que cualquier lector fuera capaz de identificarse con personajes que escudriñan entre sentimientos universales. Así, sus obras fueron las primeras de América Latina en tener una gran aceptación en Europa y en ser publicadas en diferentes idiomas. Junto con Fuentes, encontramos a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar como los más mencionados de este grupo, así, sus obras La muerte de Artemio Cruz, Cien años de soledad, La ciudad y los perros, Rayuela, se consideran las primeras de la generación; aunque hay antecedentes en obras Asturias, Rulfo, Borges, Donoso y Carpentier donde ya dibujan estos rasgos.

Fuentes desde entonces es un intelectual latinoamericano comprometido públicamente con causas políticas, respondiendo a la definición Jean Paul Sartre. En 1962 en la revista Siempre! publica un duro artículo por la muerte del líder agrario Rubén Jaramillo, Xochicalco Altar de la Muerte, se compromete con la Revolución Cubana, asume las causas del 68 y se suma al sandinismo.

Conocí a Carlos Fuentes a principios de los ochenta, en una comida en casa del ex presidente Luis Echeverría, en San Jerónimo, al sur de la Ciudad de México.

Sin importar quien estuviera a la mesa, Fuentes era el foco de atención, hablaba de la Conquista, del surgimiento del sentimiento mexicano, se refería a Martín Cortés, hijo de Hernán Cortes y de La Malinche. Decía Fuentes, “Martín Cortés es el primer mexicano, ya no se parece a ninguno de sus padres”.

Más tarde, en 1992, en el marco del Coloquio de Invierno, organizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la UNAM, Gerardo Estrada me introdujo con Fuentes, le dijo: “Carlos, te queremos invitar a dar una conferencia en Tijuana”. Fuentes trató muy amablemente a Estrada y le respondió: “Claro que sí, nada más nos ponemos de acuerdo con las fechas, dijo dirigiéndose a mi”. La visita de Fuentes a Tijuana tardó en concretarse y finalmente se presentó en la Sala de Espectáculos del Centro Cultural Tijuana en 1997 en la inauguración del Festival inSITE, leyendo un cuento del libro La frontera de cristal. Asistí como público ante una sala llena.

Pero, en realidad, conocía a Carlos Fuentes desde mucho antes. Mi padre, Pedro Ochoa Obregón, atesoraba la segunda impresión de La región más transparente (noviembre, 1958), la cual, en una primera instancia, leí con poco rigor. Tiempo después, el Profesor Mario Ortiz Villacorta llegó a la casa con el acetato del último capítulo de La región más transparente, de la colección Voz Viva de la UNAM. Escuchar a Fuentes, oír ese capítulo concluyente, que es una especie de síntesis histórica de México, un ensayo cultural y social sobre la Ciudad de México, y descubrir cómo narraba, cómo pronunciaba y entonaba cada palabra, y reía y cantaba si fuese necesario, leyéndolo, como un actor de teatro, por decir lo menos, simplemente me subyugó. Luego regresé a la novela. Más tarde, el propio Villacorta me recomendó La Muerte de Artemio Cruz, que me impactó por el tratamiento de los tiempos sobrepuestos, la alternancia del sujeto narrativo y las distintas conjugaciones verbales. Pero, no solamente me llamó la atención la forma, sino también el fondo, La muerte de Artemio Cruz simboliza patéticamente la muerte de la Revolución Mexicana. Después me devoré Aura, Las Buenas Conciencias, Tiempo Mexicano, La Cabeza de la Hidra, Gringo Viejo, El Espejo Enterrado.

En 2008, conviví ampliamente con Fuentes y Silvia Lemus en un par de conferencias organizadas en San Diego por la Universidad de California y el Consulado General de México. Allí sellamos una amistad que he continuado con Silvia. Años más tarde, después de la muerte de Carlos, visité la casa de los Fuentes y Silvia me hizo un regalo invaluable. Después de la comida me invitó a conocer el estudio de Carlos Fuentes. Vi los múltiples reconocimientos, como el Premio Cervantes y Premio Nacional de Ciencias y Artes. El escritorio intacto, lleno de apuntes. La sistematizada biblioteca. Las caricaturas de los personajes de la política y del cine mexicano que salieron de su puño. Al asomarme al balcón, y ver el Valle de México, en compañía de Silvia y mi hijo Pedro, pensé: he estado en la región más transparente.