Canon límbico 

Por Daniel Salinas Basave 

Toda cartografía literaria es un divino accidente. Los cimientos canónicos que sostienen los variopintos edificios de las letras contemporáneas son pura sustancia de improbabilidad. Muy poco hizo falta para que no existieran. Junto a la gran enciclopedia de la literatura universal corre paralela la historia de la literatura que pudo haber sido y no fue. 

A menudo cedo a la tentación de imaginar esos limbos literarios, los valles donde moran las obras abortadas, aquellas a las que hizo falta muy poco para materializarse y sin embargo fenecieron. 

También me da por imaginar los giros radicales en el canon si se alterara ligeramente el rol social o político que en el imaginario colectivo han jugado determinados escritores. El joven suicida muere siendo un anciano; la vieja vaca sagrada muere justo a tiempo, antes de oxidarse y corromperse; el marginal encuentra un mecenas; el eterno malquerido encuentra un amor y se olvida de las letras. 

De pronto, el escritor consagrado pasa a la historia como paria contracultural, mientras que el raro o el excéntrico, conocido apenas por una cofradía de lectores sectarios, se convierte en vaca sagrada y figura política. Los inéditos, los marginales y los eternamente relegados salen de su límbica región y marcan la pauta. 

Las mil y una adversas alienaciones de astros; las zancadillas de las circunstancias; el desfase en época y geografía; la adversidad de la crítica; los demonios internos del autor o la terquedad de su auto sabotaje arrojan a la región límbica miles de libros posibles.

En contraparte, no pocas obras canónicas son pura encarnación de aleatoriedad. Todo parecía jugar en su contra y sin embargo existieron. 

¿Qué habría pasado si en vez de En un lugar de la Mancha leyéramos En un lugar del Anáhuac? En este camino paralelo, Miguel de Cervantes consigue la licencia real para ir a vivir a América en 1590 y escribe un Quijote mestizo en la Nueva España. La madre de todas las novelas nace en el México colonial y en su afán por socorrer al débil y deshacer entuertos, Alonso Quijano se convierte en un crítico del sistema virreinal de castas.  

Lo mismo sucede con Francisco de Quevedo, a quien también en su momento le negaron la licencia para viajar al Nuevo Mundo, tal como lo hace su Buscón don Pablos al final de la novela. ¿Leeríamos igual a Cervantes y a Quevedo si hubieran escrito desde América y no desde Castilla? ¿Leeríamos igual a Sor Juana si hubiera escrito desde Europa? 

En este carnaval de destinos alterados, Lord Byron conoce en Londres a Xavier Mina y a Fray Servando Teresa de Mier, quienes lo convencen de embarcarse a México para luchar por su independencia y en lugar de morir peleando con los griegos, George Gordon abraza la causa insurgente y se convierte en mártir como Mina o en convicto como Fray Servando. 

En Canon del limbo Pedro Páramo se llama Maurilio Gutiérrez, Comala es Tuxcacuesco y el tío Celerino vive una larga vida y sigue contándole muchas historias a Juan Rulfo, quien se convierte en un prolífico autor que publica un libro por año.  

Roberto Bolaño consigue un trasplante de hígado y diez años después gana el Premio Nobel, que lo transforma en un déspota canónico apapachado por altos funcionarios y diplomáticos, mientras que Mario Vargas Llosa gana la presidencia de Perú en 1990, pero pocos años después es forzado a renunciar, inmerso en un escándalo de corrupción y se convierte en un prófugo de la justicia.