Caminar con Carolina por Lisboa

Por Daniel Salinas Basave

Uno de los grandes placeres que reserva esta vida, es caminar por vez primera una ciudad desconocida. Hacerlo sin ruta definida, con el deliberado propósito de perderse.

Es, sin duda alguna, la más acabada expresión de libertad. Caminarla y caminarla por horas, sin rumbo fijo ni límites de tiempo o citas concertadas. Es lo más parecido al nirvana. Eso que los católicos llaman irse al cielo, debe ser para mí pasar  una tarde eterna caminado con Carolina por alguna improbable calle portuguesa.

Además de amiga, esposa, amante y madre de mi hijo, Carolina ha sido una extraordinaria compañera de viaje. Juntos hemos andado mil y un caminos y nuestros zapatos trotamundos tienen un larguísimo kilometraje vagando a través de 18 diferentes países del mundo. Ahora tocó el turno a Portugal, en un viaje sorpresa que Carolina sacó de repente como un as bajo la manga, de la misma forma que un mago saca un conejito de un sombrero. Con maestría de ilusionista se las arregló para guardar el secreto hasta el final. Me enteré que pisaríamos suelo portugués solo hasta el momento de aterrizar en el aeropuerto de Lisboa.

La elección de mi esposa fue magia pura. Pocos países nos han enamorado tan profundamente como Portugal. Crecí en una casa donde el escudo oficial portugués daba la bienvenida en la puerta principal, pues mi abuelo fue hasta su muerte Cónsul honorario de Portugal en Monterrey. Crecí rodeado de literatura y vinos portugueses, pero debí esperar 44 años para recorrer por vez primera ese fascinante país.

En Lisboa el embrujo acecha desde cada balcón; en el intrincado laberinto de sus azulejos; en el olor a azahares y sardina; en la piedra milenaria del Castillo de San Jorge o los osarios de la catedral de San Antonio; en la sombra de una gárgola sobre una calle de Coimbra en medio de la madrugada (sombra que pasa a través de las sombras y brilla), o en el abrazo del Duero con mil y un casitas de cuento fantástico contempladas desde la altura del puente de Porto.

La magia habita en cada dulce copa de Oporto bebida en el café La Brasilera junto al Pessoa de bronce eternamente fotografiado; en la refrescante caricia de la sangría en la garganta tras un largo andar bajo el sol lusitano; en el último destello de luz mientras caminamos por la costera desde Estoril a Cais Cais; en los casi tres siglos yacientes entre los anaqueles de la Librería Bertrand, la más antigua del mundo.

Estos días fueron Carpe Diem puro. Hay que embriagarse de instantes, de besos y de Lisboa, porque la vida, ya me ha quedado claro, no va a esperarnos. Bien dice Mario Sá-Carneiro: Los instantes se me vuelan día a día, cada vez más veloces más, esbeltos.

Somos cuentos contando cuentos, dice Ricardo Reis, aunque hoy Carolina y yo somos más bien prófugos de Tabacaria de Álvaro de Campos: aparte de no ser nada y no poder querer ser nada, tenemos en nosotros todos los sueños del mundo.