Café Love & Bistró

Por Dionisio del Valle 

Un restaurante con huerto propio, convenientemente adaptado en la azotea del local que ocupa en un lugar inimaginable. Una visita de cortesía nos permite acceder a este pequeño paraíso vegetal, justo antes de sentarnos a la mesa para disfrutar de sus propuestas culinarias. Lechugas, espárragos, albahaca, calabazas y zanahorias miniatura, coles de Bruselas, tomates y chiles de todo tipo coronan este peculiar sitio que nos recibe entre trinos de aves convenientemente programados, según la hora del día y plantas colgantes que en mucho ayudan a sentirnos relajados apenas llegar. Huelga decir que, en materia de ensaladas son prácticamente autosuficientes.

Nos recibe una tostada mixta de atún con callo de hacha montada en pasta de wonton acompañada de cremoso de aguacate. Lleva también una lámina de bonito y una salsa de tres chiles tatemados. Sorprende la salsa de cítricos que se aplica de manera discreta y elegante, preparada con limón, naranja, maracuyá, pimiento morrón y un poco de cebolla, al estilo de la cocina peruana, en la que el limón es discreta compañía y no, como a veces se acostumbra en algunos sitios de nuestra ciudad, en que se exprimen los limones como si se estuviera fumigando el plato. Nuestro anfitrión selecciona un vino elaborado en el Valle de Guadalupe por un joven vinicultor de nombre Erik Plata, asistente del enólogo Hugo D’Acosta en Casa de Piedra y que ya está trabajando en su propio proyecto. Se trata de un vino sencillo, bien estructurado y muy frutal. Su nombre es Dis Tinto y está elaborado con tres variedades cosechadas en el 2013: Tempranillo, Zinfandel  y Petit Syrah. Casi de inmediato arriba a la mesa una sopa de elote, cremosa y ligeramente dulce. De textura suave y a la temperatura ideal resulta una verdadera caricia al paladar, congruente con el tema que envuelve el negocio, siempre subyacente: el de los placeres corporales. 

Seguimos con lo inevitable, una ensalada no solo fresca, sino preparada con vegetales recién cosechados diez metros sobre nuestras cabezas. Lechuga hidropónica, fresas, kiwis, higos deshidratados y nueces, convenientemente salpicada con trozos de queso fetta y parmesano añejo. No soy de ensaladas dulces pero he de confesar que ésta en particular me ha parecido muy original. Mientras llega el siguiente platillo admiramos la enorme caja de vidrio que separa las dos áreas cubiertas del restaurante. Se trata de una pecera de arrecife, con corales vivos y peces que deslumbran por sus vivaces colores. Nos ilustra nuestro anfitrión describiendo con paciencia las especies que habitan su pequeño océano. Peces payaso, blue face, blond nasó, angel goldring y muchos más, además de plantas marinas, anémonas y corales de todo tipo. Un pequeño tesoro marítimo que es, en sí mismo, un atractivo digno de admiración. Regresamos a la mesa y no sé por qué, pero sin ganas de pedir pescado.

Lo que llega es una pasta fetuccini, un poco sobre cocido y que se salva por la calidad de sus tropiezos: camarones salteados, hongo portobello y una lámina de bonito. El vino hace esfuerzos por no quedarse atrás, lo que se reconoce y aprecia.  Para retomar el camino se presenta un pollito de Guinea orgánico, rostizado a las finas hierbas y coronado con chiles tatemados. Se adorna con vegetales baby del propio huerto, cebolla confitada y el toque justo de una crema de limón. Se requiere de habilidad culinaria para sacar el mejor provecho de estas pequeñas aves, no es fácil cocinarlas de tal manera que no se pierda buena parte de su jugo cárnico y este es un buen ejemplo de lo que se puede lograr cuando hay empeño y atención en la cocina.  De la amplia oferta de postres probamos tres. Un tiramisú de chocolate, muy bien logrado. Una tartaleta de nuez con plátano maduro, crema batida y chocolate amargo y el llamado “sueño de pasión” que es un bizcocho de chocolate amargo, otra vez plátano y un toque de chile ancho. Las recetas son, según me dicen, de una chef pastelera de nombre Afrodita. 

Para terminar un buen café, pero no cualquier café. Aquí también se brinda un especial cuidado a esta maravillosa bebida. Se tuestan y se muelen en sitio los granos con los que se prepara. De una finca llamada Hamburgo en el estado de Chiapas, con granos Bourbon, se prepara el café con el que cerramos nuestra visita. El cocinero a cargo es Juan Herrera, nacido en Mochis llegó a nuestra ciudad hace dos años y parece que se siente a gusto en esta tierra de oportunidades en donde todo es posible y nada es excluyente. Si no lo creen, dense una vuelta.