¡Buen viaje Lorena!

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Hoy no tenía  ganas de nada, las palabras se me desvanecían como ese humo de regadera con el que no puedes jugar, como una idea que no se logra concebir, apenas y lograba comprender lo que estaba sintiendo y mucho más lo que estaba sucediendo.  

Todo es tan surreal cuando alguien se va de este mundo, pero tan fuerte como su significado. Mis suspiros se volvían eternos y mi arrogancia  incrédula. Observaba fotos tuyas y me llovían las memorias, las pláticas, tu tono pausado y las sonrisas que intercambiamos cuando nos confesábamos nuestras fechorías y nos encontrábamos mutuamente culpables y al siguiente trago absolutamente perdonadas.

Entre lo que todos de ti escribían y describían algo del “descanse en paz” no me cuadraba, no contigo, no con tu persona, no con tu nombre y con todo lo que aquí fuiste y donde ahora en otro lugar eres.

¿Cómo vas a descansar tú?, me pregunté de nuevo, tú que andabas y andas, tú que hacías y deshacías con todo el protocolo por delante. Tú a mí no me engañas, la muerte a ti no te llevó, seguramente ella te invitó y tú con toda la cordialidad aceptaste y hasta tuviste el tiempo de elegir el atuendo perfecto para acompañarle; te diste el tiempo de estar lista, te fuiste en pasos para que todos acá te pudiéramos soltar de a poco, fuiste privada para llevarte el último recorrido en esta tierra exclusivamente para tu memoria.

Las mujeres como tú no descansan… ¡no en paz!, ¡se regocijan en ella, danzan en ella! y tu muerte la voy a catalogar más como una huida, como un último acto, un plan perfecto para dejarnos a todos en la intriga, esperando tu siguiente movimiento, sabiendo que sonríes, sabiendo que algo del otro lado te ha deslumbrado y ha valido totalmente la pena. Haz visto que hay detrás de la cortina, descubriste al titiritero y seguro ya le has hecho una que otra propuesta y él definitivamente ha aceptado.

Amiga mía, tú no te fuiste, tú has despegado a una nueva travesía.