Bienvenida al caos

Por Dianeth Pérez Arreola

Siempre que regreso a México noto que cada año hay más tráfico y que la gente maneja cada vez más mal. Me impresiona la indiferencia del automovilista que se pasa el semáforo en rojo: le importa un comino que esté pasando por encima del derecho de paso de los demás, sin contar la situación de peligro que crea.

Sería muy difícil ya a estas alturas mandar a todo mundo a una escuela de manejo, pues se tendría que crear primero esa infraestructura y las reglas de operación, pero lo que sí se puede hacer es enviar a todos los causantes de accidentes de tráfico a un curso de reeducación vial.

En Holanda se les retira la licencia de conducir de acuerdo con la gravedad de la falta: conducir bebido, a exceso de velocidad, en sentido contrario, causar un accidente por ir viendo el celular, etc. También hay cursos de reeducación vial para conductores con actitud violenta.

La causa de las faltas se podría resumir en una palabra: gandallismo. El que se pasa un semáforo está quitándole el derecho de paso a alguien; el que se pasa del primer al tercer carril está creando una situación peligrosa para él y los demás; el que espera un cambio de semáforo en el cuarto carril, muestra un absoluto desprecio por la gente que sí respeta las reglas.

Es desesperante ver que esas faltas son casi permitidas, pues son tan comunes que la policía ya no hace nada. En Holanda se controla poco el tráfico, pero hay cámaras que hacen fotomultas.

Respecto a la cantidad de automóviles, bien podrían empezar por reducirlo empezando con todos los carros que no están legalmente importados. Ahí está otra muestra de la indiferencia a la ilegalidad.

El gobierno holandés pone tasas muy altas a quienes poseen un auto para incentivar el uso del transporte público. Transporte que tiene refrigeración en verano y calefacción en invierno; autobuses impecables que funcionan con gas natural o con electricidad para no contaminar.

Aquí es imposible pensar en un transporte eficiente; ningún gobierno municipal ha podido contra las mafias transportistas, y siguen autorizando aumentos mientras la calidad no mejora. Mientras los autobuses sean de segunda el servicio nunca podrá ser de primera.

Hace un par de días mi marido me envió una foto de una multa que me llegó. El 19 de noviembre en camino a la embajada mexicana en La Haya, me pasé del límite de velocidad por siete kilómetros, y mi güero se quejaba de los 52 euros que tendría que pagar por mí.

“Llevas como 200 euros en multas los últimos dos años”, me reclamó. En ese tiempo me multaron cuatro veces por pasarme 4 kilómetros de la velocidad permitida, y tuve que pagar 40 euros cada multa. Un descuido muy caro por no ir viendo el velocímetro.

Aquí manejo anticipando todas las maniobras que puedan hacer los cafres, maldiciendo cada vez que alguien se me atraviesa y viendo como mi mirada de enojo y el claxon no hacen ninguna mella, pues los gandallas son ciegos, sordos y mudos.