Biblioteca de Babel: El libre fluir de la memoria

¿Cómo narrarías la historia de tu vida? ¿Cuál sería el párrafo inicial de tu libro de memorias? ¿De qué manera estructurarías o jerarquizarías el anecdotario de tu existencia? Da lo mismo: Hagas lo que hagas,  lo único seguro es que nos contarás algunas cuantas mentiras y fabulaciones,  no por un afán deliberado de engañar o tergiversar, sino porque  la memoria es una tipa caprichosa e injustamente selectiva.

 

Le gusta jugar bromas pesadas y a menudo actúa como una gran traidora,  sacando a la superficie recuerdos maquillados y engañosos. Toda memoria es necesariamente subjetiva y parcial, por lo que aspirar al pleno equilibrio y la total objetividad a la hora de narrar una anécdota es siempre una utopía.

Por eso la autobiografía suele ser uno de los mejores ejemplos para hablar de literatura de ficción. Una de las apuestas autobiográficas más originales con las que he topado es Yo también me acuerdo, de la narradora y trotamundos Margo Glantz.

La estructura de su libro es fiel al libre y a menudo caótico fluir de los recuerdos. Cuando en una vida se van acumulando los años y las anécdotas, la galería de emociones, imágenes, sonidos, olores, tactos y sabores va brotando a manera de pequeños destellos.

El libro de memorias no se va estructurando con una narrativa temática y cronológicamente  lineal en donde se recuerda el primer día en el kínder y el luego el segundo para después seguir con la historia de la escuela primaria. Nada de eso; los recuerdos son una gran licuadora donde no siempre queda claro qué pasó antes y qué pasó después o cuáles son los hechos verdaderamente trascendentales o definitorios de una vida.

A veces lo más trivial ocupa un lugar privilegiado en el subconsciente, mientras los instantes de decisión yacen cubiertos por una densa neblina. Recordar significa dejar fluir y el flujo de la memoria está casi siempre emparentado con el caos.

El resultado es un libro de casi 400 páginas salpicadas por  varios miles de párrafos mostrencos en donde Margo Glantz nos cuenta una vida de 84 años. La idea, confiesa la escritora, no es suya, pues ya en 1978 Georges Perec escribió un libro llamado Je me souviens (Me acuerdo) que tiene la misma estructura. 

Margo Glantz “también” se acuerda y con un guiño de homenaje a Perec,  da rienda suelta a los recuerdos que corren libres una vez invocados. ¿De qué se acuerda Margo? De todo lo habido y por haber. Del  pasaje de una película, de un vestido que usaba de niña, de una calle remota e improbable en algún lugar del mundo, de un colibrí revoloteando en su jardín,  de una noticia bomba. “Me acuerdo que hasta los treinta años creí que era fea y tonta”, es el primer párrafo prófugo que destapa la tapa del subconsciente. A partir de ese momento las palabras corren libres, desafiando temáticas y cronologías.

La única constante es la brevedad.  Por momentos parece un libro escrito para el Twitter. “Me acuerdo que ya casi nunca recuerdo lo que sueño”, podemos leer en la página 338 y “Me acuerdo de mi dislexia policiaca y mi dislexia tuitera, me acechan”, se lee cien páginas antes. “Me acuerdo que para Poe la novela moderna es objetable por ser demasiado larga”, se lee en la página 165;   “Me acuerdo que ya apresaron al Chapo Guzmán” se lee en la página 48 y “Me acuerdo que a mi nieta Sofía le gustaban mucho los libros de Harry Potter”,  se lee en la página 131. Conste que elegí estos párrafos abriendo el libro al azar, que es como lo he estado leyendo.

De hecho esta obra de Margo Glantz invita a ser leída en riguroso desorden. Vaya, es un libro ideal para tener en el buró o en el escritorio y abrirlo al azar cada mañana o cada noche como una suerte de galleta china.

Digamos que el espíritu de esta obra es el libre fluir y así es como se recomienda leerlo. Claro, el detalle es que los párrafos en fuga en Glantz sirven para invocar los propios recuerdos y es inevitable no sentir la necesidad de tomar una pluma y anotar en un papel o servilleta esa anécdota aparentemente olvidada que sin decir “agua va” toma por asalto el tren de la memoria.

Yo también me acuerdo- Margo Glantz- Editorial Sexto Piso.

 

El libre fluir de la charla

 

La charla entre amigos, la que surge espontánea en la mesa de un café,  la barra de una cantina o el inbox de un Facebook, es, al igual que la memoria, un ejercicio de libre fluir de ideas y asociaciones a veces inconexas o sin un tópico vértebra que la guíe.

La estructura real de una plática es diferente a la de la escritura y por eso  hay quien piensa que los libros conversacionales están destinados a ser pequeños satélites complementarios a los que se confina a una suerte de segunda división literaria.

Por lo que a mí respecta, debo confesar que el diálogo en internet entre Juan Villoro e Ilan Stavans editado por Anagrama en el libro El ojo en la nuca  ha sido de una de las lecturas que más he disfrutado en lo que va del 2014. 

Un libro que leí y subrayé en un par de días con la ligereza con la que se bebe una cerveza clara en un mediodía de verano.

El proceso de edición respetó el espíritu informal de la charla lo cual se agradece. Juan Villoro es tal vez el más caleidoscópico y polifacético de los intelectuales mexicanos, alguien que se mueve como alegre pez en las aguas de la crónica, el ensayo, el artículo editorial, el cuento y la novela, mientras que el diaspórico Ilan Stavans es una suerte de tránsfuga multicultural que por algún azar nació en México, aunque su escritura oscila entre el inglés y el idish y sus géneros van de la novela gráfica al ensayo académico.

Con dos autores tan versátiles, el resultado solo puede ser una charla riquísima en donde se habla lo mismo del sentido lingüístico de una expresión como “pelos en la lengua”, que del nacionalismo y el sentimiento de pertenencia, pasando por géneros literarios, sueños gustos cinematográficos, futbol, hábitos de higiene y hasta fantasmas y aparecidos.

Hay agilidad, picardía, profundidad y una creíble vibra espontánea en este rico ejercicio de diálogo que ha dado como resultado una obra donde el lector, irremediablemente, acaba por sumarse a la charla.

 

El ojo en la nunca-Juan Villoro- Ilan Stavans- Anagrama