Bajo la luz de una estrella muerta

Por Daniel Salinas Basave

Desde hace más de una década me he dedicado a estudiar la metamorfosis de la lectura y sus efectos en nuestra vida diaria y  en la evolución del quehacer periodístico y literario. Ello derivó en 2010 en la escritura del ensayo Réquiem por Gutenberg, un libro que analiza las consecuencias de la agonía de la letra impresa inmolada en el altar de la tecnología digital. Con Réquiem por Gutenberg  conseguí el primer premio literario de mi vida, el estatal de Baja California.

En el final de la era de Juan Gutenberg creí ver la inminente condena de oficios y estilos de vida como el mío, pero en el fondo mi conclusión arrojaba un poco de luz al final del túnel. La letra simplemente consumaría su total mudanza del papel a la fibra óptica, pero la buena literatura y el buen periodismo permanecerían intactos sin importar la superficie.

Cinco años después de Réquiem por Gutenberg escribí Bajo la luz de una estrella muerta. Hacia la extinción del lector hedonista, obra con la cual obtuve la semana pasada el premio en la categoría de ensayo del VII Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz.  Mi planteamiento en ese libro  es que el lector puro, aquel que se entrega a la literatura por principio del placer, está amenazado de extinción.

El lector vocacional, obsesivo e insomne es un desafío al espíritu de la época. En un tiempo que endiosa la inmediatez, la interactividad y sobre todo la rápida utilidad, leer puede ser visto como el colmo de lo anacrónico y ocioso. Me refiero en este caso a los “lectores puros”, los que bajo el concepto de Ricardo Piglia han hecho de la lectura no solo una práctica, sino una forma de vida. Son aquellos que, según Gabriel Zaid, “le han dado el golpe al libro”.  Los lectores somos  tercos y  aferrados.

En este mundo no suele haber ex lectores o lectores rehabilitados. Una vez que se le ha dado el golpe a la lectura el romance es para siempre. El problema es que somos cada vez menos los que experimentamos ese placer.  Tenemos en nuestras manos una fuente de disfrute, un eterno viaje  a disposición, una ruta de escape superior a cualquier droga o pasatiempo, pero cada vez menos gente lo sabe.  El mundo de la literatura suele tributar al escritor, pero la realidad es que el verdadero viajero, el hedonista y el estoico, el que puede perder la razón y el rumbo es y ha sido siempre el lector. 

Esa persona diluida en una arquitectura de palabras capaz de sentir el fluir de un río subterráneo donde otros sólo ven letras amontonadas,  es cada vez menos común  en nuestras ciudades y su esencia misma es  un desafío al espíritu de la época. ¿Cómo aferrarse a la trinchera del libro en un mundo que endiosa y la utilidad y la inmediatez? Este ensayo defiende a la lectura como un fin en sí mismo y como el más perfecto y sofisticado acto de reinterpretación del mundo.