Aunque duela

Por Ana Celia Pérez Jiménez

¿Que nos queda por perder a veces me pregunto? No se puede vivir resguardado, no se puede caminar siempre por la sombrita, no se puede siempre vivir a salvo, no siempre se puede vivir dentro; porque simplemente eso no sería vivir, sería matar el tiempo, sería desperdiciar este paraíso bizarro y sarcástico de tantos matices. No quiero ser un libro de puras teorías, tengo el deseo de experimentar, solucionar, creer, desmentir y sentir, como humano, como animal, deseo siempre andar.

Tenemos que salir, exponernos, exponer el corazón, exponer el lado más dócil, dejar la yugular expuesta y aun así cerrar los ojos y esperar misericordia, esperar compasión, esperar la empatía y creer que la veladora no se ha apagado, simplemente esperar amor (de ese que traemos guardado en el mismo tuétano). ¿Que nos queda después del dolor? Nos queda todo, nada igual, pero queda todo, transformado, mutado, llega el recuerdo, vuela la memoria, nos queda fortaleza, el amanecer con alguien, el amanecer con una taza de café, el rico amanecer y ya; la claridad del saber qué haremos, la claridad del sentir que no queremos hacer nada, la paz de haber sobrevivido una guerra más de esas dentro y sin treguas.

La sencillez de decir “todo pasara”, “aprenderás de esto, aprenderás de aquello”, pero no es fácil entenderlo o creerlo para aquel que lo escucha, para el receptor, para aquel que trae un remolino de emociones, vicios de memorias, lesiones en los pies por llevar 23 vueltas en el mismo patrón de conducta, llanto en los ojos, ego destruidos y una que otra pastilla diluida por su sangre. No es sencillo, no es lindo, no es agradable, pero aun así estas sintiendo algo y eso que sientes, eso que pesa, eso que sentimos y no queremos también es una fuerte medicina que sana el alma, que vacía, drena y construye (y de una forma irónica y cierta te recuerda lo que es “el amar”).

Me gusta sentir que siento y valga la redundancia, hasta el mismo dolor denota que me he movido, que estoy cambiando, que he dejado, que me han dejado, que estoy en “algo”. El apego miente, enternece, marea y embriaga y aun así debo admitir que en cada relación dejo lista una silla, un servicio para que él nos acompañe siempre  a cenar. Tengo libretas llenas de exorcismos, nombres, palabras y poemas donde he sacado, diseccionado, repetido teóricamente de una manera enferma, sucesos una y otra vez, eructado al aire que inflaba el corazón, lagrimas captadas por tinta escurrida, frustración de lo que pudo ser y no fue, frustración a secas  pura y así sola, ansiedad y ese eterno exceso de futuro y todo ese clima creado por todo, todo ese pasado. Todo esto y más, vivir al fin y al cabo.