Antojo

En un mar de turbulencias que dura ya algún tiempo, celebrar un poco más de un año de vida se convierte en una pequeña hazaña. La sangre libanesa es sinónimo de enjundia y coraje, ni duda cabe. Colombia y Guanajuato sólo hacen esquina en Tijuana y cómo no, si aquí suceden cosas que en otras partes ni soñando. Y si les digo que aquí hay un menú que cambia a diario es probable que no me lo crean, pero así es, por eso le llaman el de los 365 días.

Se trata, en efecto, de un rincón Bistró. Apenas llegar escogemos la efímera oferta que sólo habrá de durar un día, en este caso se selecciona entre las opciones una ensalada de betabel rostizado acompañado de tomatitos cherry, hojas de arúgula y queso feta.

Una pequeña joya para quienes adoramos éste tubérculo de sabor excepcional. En sus dos versiones, amarillo y violeta, se expone a nuestros sentidos de una forma más que original al ser expuesto a las caricias del fuego amigo.

Para entonces decidimos el descorche de un vino frutal, suave y más que recomendable para la ocasión: Isabella de la casa Emevé, una feliz combinación de tres hermanas que se llevan mejor que bien, la Chardonnay, la Sauvignon Blanc y la incomparable Viognier.

El segundo plato es  un gazpacho de tomate y fresas, aceite de vainilla y queso feta. Los dos primeros ingredientes licuados al unísono en una propuesta poco más que arrojada en la que la fruta termina imponiendo sus perfumes pero sin desbocarse, gracias a los buenos oficios del jitomate y el queso.

El vino irrumpe sin recato, poniendo orden con su elegante acidez en un maridaje que podría considerarse impensable. El plato fuerte, seleccionado entre las tres opciones posibles (cada tiempo ofrece alternativas), es pescado blanco sellado y horneado, cocinado en su punto y de la mano de un puré de papa con aceite de trufas, deliciosa combinación seleccionada por el cocinero a cargo, Alberto Cansino.

El vino va navegando entre aromas de miel, guayabas y duraznos en almíbar.  En el retrogusto, tomado de la mano del pescado, nos remite al aroma de un buen arroz con leche, con todo y su hojita de canela. No cabe duda que la carga mineral, discreta y elegante de nuestros vinos, hace pequeños y casi imperceptibles milagros a través de nuestros sentidos.

El menú fijo rescata algunas recetas originales del restaurante en sus inicios y agrega otras nuevas para dejar un poco más de quince platillos entre entradas, ensaladas, platillos fuertes y postres. Además, con el crecimiento del local quedó un área llamada ahora Lobby, en la que se ofrecen una docena de propuestas sabrosas e informales para botanear mientras se disfruta de un buen vino. El postre, proveniente del menú fijo, es decir el que no cambia diario, es un Coulant  de chocolate belga con helado de vainilla y fruta de temporada, en este caso unas fresas tan rojas como el corazón que late a diario en esta esquina.