Antes de los buenos días

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Abrimos los ojos sabiendo que la misma vida dos días no nos espera, que todo está impredecible como siempre imaginamos y nunca lo creímos. Nuevas voces se levantan y algunas cargan tanto de cierto, pero se pierden en la ignorancia de tanto grito que sólo busca hacer ruido ni siquiera un eco. Nos saturan de información por todos los medios y vías, todo con una carga personal, con un tono cargado hacia alguna preferencia que nace en un escritorio dictado por una mente lejana y protegida. Nos hacen pensar y sentir que somos libres más libres que nunca y que el mundo anda en una tela transparente y aquí recae el primer error.

Estamos invadidos por información, información que se nos facilita encontrarla con un juego sencillo de palabras y los buscadores predeterminados que lo hacen por nosotros, pero es hora de pensar qué más se hace por nosotros.

Nos presentan la explicación, examinada y concluida y el que la traga no se pregunta de dónde viene, su origen, qué lo compone y mucho menos quien lo sazona y aquí se entra en el segundo error. La realidad se encuentra afuera, pero la verdad reposa dentro. No es sólo leer, no es sólo buscar los enunciados ya conectados, tenemos la obligación de saber las raíces, los elementos en juego, qué hay de cada lado del límite  y crear propias conclusiones, tener la valentía de tener una propia voz.

Entonces se puede decir que nadamos en un océano profundo de saber, pero a la mayoría se le ha dado por flotar. Repiten como pájaros de cable el mismo sonido una y otra vez y lamento decir que ni así lo vuelven verdad, sólo lo dejan masticado por aquel que sólo sabe tragar.

Hay tanta carga en lo que todos se jactan de saber pero tan poco contenido y peso. Y quizá el tercer error está en mí al invitarlos que se separen de la corriente, de las masas que arrastran y dé un paso atrás para observar y observarse, que por el ojo entra la intriga que es el verdadero alimento de la inteligencia.

Basta de marearnos con “frases y citas” donde no hay concordancia entre lo dicho y el nombre, pero hay pocos que siquiera se toman el tiempo para investigar eso poco de la historia. Pobres los que se creen despiertos mientras siguen arrullados en otra parte del sueño.