Ánimas Revueltas

Por Daniel Salinas Basave

“Un día leí un libro y toda mi vida cambió”. ¿De verdad? Sí, lo sé: la primera frase de Vida nueva del turco Orhan Pamuk puede parecer grandilocuente. Una vida no suele cambiar de golpe y porrazo por la lectura de un libro, pero aunque te cueste trabajo creerlo, mi camino como lector no volvió a ser el mismo a partir de la noche de otoño en que topé con esta frase: “La población estaba cerrada con odio y con piedras”. Los párrafos de aquel relato, contenido en la antología El cuento hispanoamericano  de Seymour Menton, entraron a mis sentidos como los tragos de un mezcal pendenciero, sal en carne viva, carbón ardiente.

El epígrafe de Dostoievski fungía como heraldo de las puntas afiladas que me aguardaban. Aquella prosa se revelaba ontológicamente desgarradora y asesina como el Death Metal que envolvía mi adolescencia suicida en el octubre regio de 1992. El cuento matador se llama Dios en la tierra y su autor es José Revueltas. Yo tenía 18 años y a partir de aquella noche algo se revolvió para siempre en mi alma. Me volví un cazador de la obra de ese prófugo compulsivo, pero mentiría si dijera que todos sus libros me apasionaron al mismo nivel.

Debo confesar que también encontré algunos textos de regulares a prescindibles, principalmente los ensayos políticos. Con todo, los cuentos de Dios en la tierra o Dormir en tierra me siguen pareciendo hasta la fecha las cumbres más extremas y matadoras de la narrativa mexicana. Hablando de novelas, las únicas páginas que pudieron acercarse al latigazo inicial de Dios en la tierra  fueron las de El luto humano: “La muerte estaba ahí, blanca, en la silla, con su rostro”. Mis insomnes obsesiones adoptaron la imagen de una parca poseyendo lentamente el cuerpecito de una niña que arde en fiebre dentro de un jacal a punto de inundarse.

El hombre como brizna de polvo, vela en la tormenta del caos universal. Aunque pocos lectores hablan de ella, Revueltas tiene una breve novela tijuanense, Los motivos de Caín, la confesional historia de un veterano de la guerra de Corea a quien el narrador encuentra en una calle de Tijuana. “Éste debía ser el distrito comercial de Tijuana, se dijo Jack. Una ciudad del todo desconocida para él. Tiendas, farmacias, cantinas al estilo del Far West, que daban la impresión de no tener nada por detrás, en efecto, como los escenarios de una película del oeste. De pronto Jack sintió que estaba, sin duda alguna, dentro de un mundo absolutamente espantoso”. 

El horror se manifiesta como una sombra omnipresente. Así se refiere Revueltas a Tijuana en esta noveleta de 62 páginas. A medio camino entre un aguafuerte de Goya y el dilema obsesivo de un personaje dostoievskiano, la prosa de este marxista-leninista se asemeja por momentos a un relato bíblico. Revueltas es en mi vida un narrador de eterno retorno; como un designio irremediable vuelvo cada cierto tiempo a abrevar en su prosa.