Anexa A

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Nunca me ha detenido la palabra del otro, mucho menos el silencio, ese largo intervalo del todo contenido, pero admito que a momentos me interrumpen; creo que aquel que tiene un destino imaginado, no para hasta ahí llegar. Pienso que algo ocurre entre lo imaginado y lo deseado que crea un puente por donde se puede llegar, no hablo por supuesto de una facilidad, pero sencillamente de una inspiración y la inspiración en un mundo que revienta nubes, te lleva lejos, más lejos que un boleto ya pagado.

La carencia del otro, de ese que tanto hablo y observo, a veces soy yo misma, sencillamente en perspectiva, sin nombre o con otro; pero me aturde y me molesta, todo tan personal como me advierten siempre no tomar nada, pero,  ¿cómo no hacerlo? Así crecí y me hicieron, un poco más de lo segundo y así como un blanco que puede a momentos atraer hasta el dardo más despistado, ¡sí!, incluso cuando me pinte de otro color.

Y no, no es martirizarme, no creo en tal concepto, tan libre de culpa y lleno de toda condena injusta; el mundo juzga a todos parejos, pero hay unos que sufren de fijación con el verdugo y eso es decisión propia, que la montaña alta no hizo a su pueblo crecerles el cuello. Hoy me nace aclarar conceptos y mañana tal vez otra cosa, en un mundo mío, en el que todas las esferas adornan mi árbol, en navidad y otros días festivos.

Yo no suelo complacer y cuando lo hago es porque primero va mi persona, no me pidan, que de todas formas doy; no me justifico, sólo explicó, porque hay algo tan redondo y reconfortante en la explicación. En esto mío, que construyo mío, que destruyo mío, en la falsedad del pensar que algo me puede pertenecer y yo pretendo en lo que puedo componer e inventar, acostumbrada a llenar silencios, de tiempo a tiempo me he aprendido a expresar.